En picado (A Long Way Down), de Nick Hornby (Reseña)

9788433973634

Pero supongo que sí, que sí quería decir eso. Cuando uno se encuentra en ese sitio, la azotea en la que estuve en Nochevieja, piensa que la gente que no está allí arriba está a millones de kilómetros de distancia, al otro lado del océano, pero no es verdad. No hay tal océano. Todos están más bien en tierra firme, casi podemos tocarlos. No estoy intentando decir que la felicidad estaría al alcance de la mano si supiéramos verla, ni ninguna de esas tonterías por el estilo. No estoy diciendo que la gente que siente deseos de suicidarse no está tan lejos de la gente que consigue ir tirando; estoy diciendo que la gente que consigue ir tirando no está tan lejos de sentir deseos de suicidarse.

¿Quién no ha sentido alguna vez deseos de suicidarse? Según este libro, solo aquellos que no se han parado a considerarlo. Podemos estar de acuerdo o no, pero es un interesante punto de vista, alejado de argumentos en favor de una visión bastante positiva de la vida. Y es que esta novela de Hornby trata sobre el suicidio, la vida, por qué vivir, la muerte, y en resumen, qué opción de las dos parece más atractiva en determinados momentos. No hay medias tintas en esto, tirarse o no de la azotea, vivir o no vivir… fácil de entender, ¿no?

El argumento tiene su punto de partida cuando una Nochevieja cuatro personas se encuentran, sin haberlo planeado, en la azotea de un edificio londinense, el Toppers’ House. Como nota de interés, he leído por ahí que aunque no existe en la realidad ese edificio, Nick Hornby pudo haberse inspirado en la Archway Tower, también en Londres. Esas cuatro personas han decidido suididarse, sí, y en soledad además, así que la compañía imprevista no es sino un incordio y un fastidio en sus planes de suicidio en soledad.

Los cuatro, a pesar de tener algo muy importante en común, son muy diferentes: está Maureen, una mujer muy religiosa ya de mediana edad que vive recluída en casa cuidando de su hijo Marty; Jesse, una joven de 18 años deslenguada, que nunca piensa antes de abrir la boca y muy impulsiva, que no suele pensar mucho en si hiere los sentimientos de los demás; J.J., el único no británico del grupo, es un estadounidense que no hace mucho se ha quedado sin grupo de música, ni novia; y por último, Martin Sharp, un presentador de televisión venido a menos después de un escándalo con una menor y una estancia en la cárcel por ese motivo. Y como digo, tenemos a estos cuatro personajes y este punto de partida, tampoco quiero contar nada más que eso… para destripar medio argumento ya está la contraportada (hubiera preferido que diesen menos detalles).

Me gustaría deternerme un poquito en cada uno de los personajes, aunque personalmente encontré más atractivos al personaje de J.J. y Martin que a Maureen y Jesse, y es de ellos de quienes podría escribir un poco más de texto. Tampoco quiero convertir la reseña en eterna, pero de los fragmentos que me guardé para la reseña, los más significativos son de ellos dos.

Pero antes de nada, un poco de música. Tratándose de Hornby, y dado que es un gran aficionado a la música y lo demuestra en todos sus libros, a lo largo de la novela no faltan referencias musicales por aquí y por allá. Para la reseña he elegido esta, un fragmento que sin duda me haría correr a buscar algo de este músico, si no fuera porque me lo habían recomendado no hace mucho también. Y pongo un vídeo con una canción suya por si alguien quiere amenizar la reseña con ella.

Pensé que no podía equivocarme con Nick Drake, especialmente en una sala llena de gente que estaba con la depre. ¿No le han oído ustedes…? Tío, es como si lograra la más pura esencia de toda la melancolía de este mundo, de todos los infortunios y todos los sueños rotos a los que has debido renunciar, y la vertiera en un diminuto frasco y lo tapara.Y cuando empieza a tocar y a cantar, es como si destapara el frasco y tú pudieras percibir su aroma. Te sientes pegado al asiento, como si estuvieras ante un muro de ruido, pero no lo estás, porque es quietud, y silencio, y no quieres ni respirar para no espantar el prodigio.

En cuanto a los personajes, tenemos a (y los ordeno por orden de preferencia, de menos a más):

Maureen: La mujer de 51 años, devota y religiosa que participa activamente en su comunidad, y madre soltera que dedica casi el 100% de su tiempo a cuidar de su hijo Matty, que está  en estado vegetal. No tiene mucho dinero, y por lo tanto se dedica personalmente en exclusiva a cuidar de su hijo, sin salir  ni establecer más relaciones que las del domingo cuando va a misa. Lleva mucho tiempo sola y dedicada por entero a su hijo, por lo cual busca librarse de esa situación suicidándose. Quizá es el personaje con el que menos me identifico, por muchos factores (edad, creencias, experiencia vital, forma de pensar…) Aún así, al final hasta terminé pudiendo sentir cierta empatía por ella.

Pero Matty no está tan mal. Me hace trabajar duro, pero… Es la forma en que Matty me hace sentir que me impide encajar en nada. Siempre calculas mal el peso de las cosas. Siempre tienes que adivinar si las cosas son pesadas o ligeras, sobre todo las cosas de dentro, y lo calculas mal, y eso desconcierta a la gente. Y estoy cansada de ello.

***

Así que, cuando Martin me preguntó si de verdad quería morir, no supe qué decirles. La respuesta lógica habría sido: «Sí, sí, pues claro que sí, so necio, por eso he subido todas esas escaleras, por eso le he estado contando a ese muchacho – Dios mío, ya un hombre – todo lo de la fiesta de Nochevieja que me he inventado». Pero también hay otra respuesta, ¿no es cierto? Y la otra respuesta es: «No, pues claro que no, so necio. Por favor, impídemelo…»

Jesse: Hija de una familia rica y con un trauma familiar bastante potente, Jesse tiene 18 años y la cabeza hecha un lío. Está acostumbrada a meter la pata constantemente cuando habla sin pensar y molesta o hiere a los demás. Es quizá el personaje más irritante de la novela, aunque tiene unas cuantas buenas frases, aprovechando su faceta de decir lo que piensa sin pensar demasiado. ¿Todos, en un momento dado, nos callamos cosas? Todos en mayor o menor medida. Ella no. Con ella me ha sido difícil empatizar porque como con Maureen, no tengo mucho en común. Aparte de no compartir edad ya hace mucho tiempo, siento que alguien que dice todo lo que piensa (sin «filtro») es todo lo contrario a mí y me ha  resultado difícil sentirla como cercana.

No te conozco. Lo único que sé de ti es que estás leyendo esto. No sé si eres feliz o no; no sé si eres joven o no. Más o menos, espero que seas joven y estés triste. Si eres viejo y feliz, puedo imaginar que te sonreirás cuando me oigas decir que me rompió el corazón. Recordarás a alguien que te rompió el corazón, y pensarás para ti, Oh sí, recuerdo cómo se siente. Pero no puedes hacerlo, engreído y viejo bastardo. Oh, recordarás sentirte agradablemente triste. Podrías recordar escuchar música y comer bombones en tu cuarto, o caminar por el embarcadero solo, envuelto en un abrigo de invierno y sentirte solo y valiente. Pero, ¿puedes recordar cómo con cada bocado de comida sentías como si estuvieses mordiéndote tu propio estómago? ¿Puedes recordar el sabor del vino tinto mientras subía y caía en el inodoro? ¿Puedes recordar soñar cada noche que todavía estabais juntos, que te hablaba con amabilidad y te tocaba, para que cada mañana te despertaras y tuvieras que pasar por todo de nuevo?

 – J.J. – Es el músico del grupo. Siendo Hornby, no puede faltar una fuerte presencia de la música en el libro, y en este caso, aunque tamibén tenemos referencias y comentarios a lo largo de la narración, la música casi está personificada en J.J., un músico estadounidense que llegó a Gran Bretaña con su novia Lizzy y que antes tenía un grupo que incluso llegó a alcanzar cierto éxito modesto. Cuando lo conocemos en la azotea, ya no tiene ni novia, ni grupo, y trabaja repartiendo pizzas mientras sigue soñando con tener éxito como músico. Él no solo representa un gran amor por la música y todo lo que ello implica, sino que de los cuatro, es el que mejor representa el dolor de los sueños rotos, y de la no aceptación de la propia mediocridad. O si no mediocridad, el hecho doloroso de darse cuenta de que uno no solo no es el mejor en lo que hace, sino que a lo mejor ni puede vivir de ello. J.J. es el suicida de los sueños rotos, el que vive cada día en una agonía constante por lo que no será. Y como eso es algo que supongo que pasa a todo el mundo – incluida yo – y porque no todo son penas del corazón, me encantó como personaje. 

[En este fragmento habla de su enfado por un comentario ignorante sobre un grupo que le gusta]
Es la furia de la música, parecida a la furia de la carretera, pero mucho más justa. Cuando se apodera de ti la furia de la carretera, una pequeñísima parte de tu persona sabe que estás siendo un imbécil, pero cuando la que lo hace es la furia de la música, lo que estás haciendo es ejecutar la voluntad de Dios, y Dios quiere ver a esa gente muerta.

Martin – Y aquí llegamos al presentador que ha arruinado su vida, un hombre de mediana edad que ha tenido éxito, dinero y familia y después de una sucesión de malas elecciones se encuentra siendo la sombra de lo que era. El hecho de ser famoso, además, hace que todo el mundo se lo recuerde por la calle. Sus malas decisiones han sido el salir mal de su matrimonio, estando ahora alejado de sus hijas y acostarse con una quinceañera (algo que le cuesta una estancia de meses en la cárcel). Al principio del libro lo conocemos como alguien amargado por las malas decisiones que ha tomado, por echar a perder todo lo que tenía y no exactamente arrepentido de todo, pero sí asqueado e incapaz de remontar el vuelo. Él es el suicida que no ve salida a su situación, que ve obstáculos insalvables y de los peores, de los que uno mismo se ha puesto en el camino. Y además no parece encontrar motivación para vivir en muchas cosas. Al igual que con J.J., fácil identificarse con esto.

Quizá es lo que necesitamos todos, suicidas y no suicidas. Puede que la vida sea un agujero demasiado grande para que se pueda tapar con masilla, y necesitemos cualquier cosa que nos caiga en las manos – cepillos y lijadoras, chiquillas de quince años, lo que fuera – para llenarlo.

***

A eso es a lo que se reduce todo: a escaleras. Bueno, no literalmente; el proceso de paz de Oriente Próximo no se reduce a escaleras, y tampoco los mercados monetarios. Pero una cosa que sé de entrevistar a la gente en mi programa es que los temas más grandes pueden reducirse a sus partes más mínimas, como si la vida fuera una maqueta Airfix. He oído a un líder religioso atribuir su fe a un pestillo defectuoso del cobertizo de su jardín (se quedó encerrado una noche entera cuando era niño, y Dios lo guió a través de la oscuridad). .He oído a un rehén contar cómo sobrevivió a su odisea porque uno de sus secuestradores se quedó fascinado al ver la tarjeta familiar de descuento del zoo londinense que llevaba en su cartera. Uno quiere hablar de grandes cosas, pero son los pestillos de los cobertizos de los jardines y las tarjetas del zoo londinense lo que le da a uno los puntos de apoyo. Sin ellos, uno no sabría ni por dónde empezar.

Y ahora que ya he hecho el repaso a los personajes, realmente me doy cuenta de que el libro, sin ser de lo mejor que he leído de Hornby, me ha gustado mucho. Me ha costado un poco, porque últimamente leo mucho menos, pero sin embargo lo he disfrutado y he marcado cantidad de páginas para guardarme los fragmentos. Supongo que parece algo descabellado, eso de identificarse con pensamientos suicidas, a no ser que uno se detenga y lo piense dos minutos. Y al final, el seguir viviendo parece más una inercia que una decisión propia.

Una buena novela, el tercer libro de Hornby que leo este año (Alta Fidelidad y 31 canciones), y no sé si será el último. Pero estoy deseando leer más. Fiebre en las gradas, por ejemplo.

Despido la reseña con otra reflexión del libro, creo que de Maureen, que me recuerda a algunas frases de Alta Fidelidad, aquel fragmento en el que el protagonista reflexionaba si estaba triste por escuchar música triste o si escuchaba música triste por estar triste.

Cuando estás triste – realmente triste, triste como para subir a lo alto de Toppers’ House – lo único que quieres es estar con otras personas que están tristes.

3 comments

  1. Una reseña muy interesante de un libro genial. No soy objetiva con Hornby, todo me ha gustado. Quizás Fiebre en las gradas el que menos, mucho fútbol, es la menos novela de todas.

    Mi favorito, «Juliet, desnuda», resérvalo para el final. El Hornby maduro también mola mucho. A ver si deja de ser tan perrete y escribe algo nuevo

    • Bueno, a mí Fiebre en las Gradas también me interesa, porque el fútbol me gusta (moderadamente). Quizás me acabe saturando también.
      Me guardo «Juliet, desnuda» entonces para el final. Gracias! 🙂

  2. Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com: Pero supongo que sí, que sí quería decir eso. Cuando uno se encuentra en ese sitio, la azotea en la que estuve en Nochevieja, piensa que la gente que no está allí arriba está a millones de kilómetros de distancia, al otro lad..…

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