Libros leídos en 2012 (6): Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez


Título: Cien años de soledad
Autor: Gabriel García Márquez
Año primera publicación: 1975
ISBN: 84-7017-681-1
Editorial Argos Vergara
Leído en… español
Dedicatoria: para jomí garcía ascot
y maría luisa elio

Después de leer el año pasado El amor en los tiempos del cólera, y habiéndome encontrado una edición tirada de precio en un mercadillo de esta novela, ya tocaba que por fin leyera Cien años de soledad. Realmente no sé cómo empezar a hablar del libro, pues en realidad la mayoría ya lo habéis leído o al menos sabéis cosas de él, casi seguro. Es una de esas novelas clásicas de las que todos hablan bien, y por qué negarlo, me daba más que un poco de pereza ponerme a leerla.

Una de las cosas que dicen de Cien años de soledad es que tiene un montón de personajes que se llaman igual, y es verdad. En el libro hay un buen puñado de Aurelianos y otros cuantos José Arcadios. En cuanto a las mujeres, hay más diversidad en los nombres: Úrsula, Fernanda, Amaranta, Remedios… aunque también tiene unas cuantas repeticiones. Eso puede convertir la lectura en algo compleja, naturalmente, sobre todo cuando conviven en la narración varios personajes que comparten parentesco y nombre. La historia, como también sabía antes de empezar el libro, se centra en las vivencias de una familia – la familia Buendía – en un pueblo ficticio, Macondo. Es un pueblo ficticio, pero al final de la novela, ya me había metido tan de lleno en la trama que para mí casi ha sido un lugar real, y la familia, una familia real. La novela se enmarca dentro del género – si se le quiere llamar así – o corriente del «realismo mágico» latinoamericano, del que García Márquez fue uno de sus mayores exponentes. En la novela se van alternando situaciones de lo más normal con sucesos sobrenaturales, pero estos últimos están integrados de tal modo en la narración, que resultan de una naturalidad pasmosa.

Y ya entrando a valorar qué me ha parecido la historia, pues es difícil saber por dónde empezar. La novela tiene violencia, guerra, afán de superación, fuerza, valor, muchísimo amor, también odio, relaciones incestuosas, asesinatos, situaciones y personajes grotescos… como he dicho, uno se llega a sentir como si estuviera allí, siendo testigo de las vidas de personas reales, de las cuales sabe más que ellos mismos. Y es que como lectores omniscientes conocemos las motivaciones de todos y cada uno de ellos, lo que sucede cerca y lo que sucede lejos, lo sabemos todo y por eso asistimos como meros testigos a los hechos que les acontecen, muchas veces trágicos o tristes. Cien años de soledad no es una novela alegre, y lo que tenemos según pasan las páginas son tragedias inesperadas, muertes, muchas lágrimas y amores contrariados. Los personajes dan rienda suelta a sus pasiones o las reprimen, se aman con locura, hacen el amor, se obsesionan, se rinden o luchan hasta morir… Diría que es como la vida misma, pero no, es mucho más emocionante. Es como ser espía de la vida de decenas de personas, cada una de las cuales tiene una personalidad compleja y llena de contradicciones y también de una enorme coherencia. Pero no solo se nos cuenta la historia de la familia. Esa familia vive en Macondo, y junto a su historia tendremos un retrato de lo que ocurre en el pueblo, algo que evidentemente influirá en ellos. Por ejemplo, tenemos hechos clave, como la construcción del pueblo en sí mismo, la llegada del ferrocarril, principales acontecimientos, la compañía bananera, la manera de sobrellevar las diferentes guerras civiles del país, desastres naturales… Todo ello nos da una visión muy global que compone el tapiz de la novela, lo que consigue que uno se enganche y se interese por lo que está ocurriendo, lo que va a ocurrir, y cómo todo enlaza con lo ya ocurrido.

Pero no todo son buenas palabras. Aunque en mi caso puedo decir que disfruté muchísimo de la lectura, he visto otras opiniones que no son tan halagüeñas. El estilo denso y florido que a mí me ha resultado tan atractivo, es el mismo motivo por el que hay personas que abandonan la lectura de la novela. La complejidad y riqueza de sus personajes (que se cuentan por decenas), unido al hecho de que muchos comparten nombre, hace que muchos digan que es una novela excesivamente enrevesada y compleja, difícil de seguir. No lo voy a negar, no es fácil de seguir, y quizá hasta es recomendable recurrir a un árbol genealógico de la familia para poder saber en todo momento sobre quién estamos leyendo. Pero bueno, que pasado el periodo (páginas) de adaptación necesario para sumergirme en la dinámica de la novela, he disfrutado muchísimo su lectura, incluso tomándole afecto a sus personajes, a cada uno de un modo distinto.

Para terminar y a modo de resumen, novela densa y algo complicada de leer, pero para mí, no por eso menos entretenida, apasionante y emotiva. Incluso diría que esos factores juegan a su favor, contruyendo un mundo rico y con muchos matices. Para mí, ya ha pasado a ser uno de mis libros favoritos, aunque soy consciente de que este tipo de lectura puede no gustar a todo el mundo. Pero al fin y al cabo, ¿qué hay que le guste a todo el mundo?

FRAGMENTOS

…haciendo algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado que en realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no sabía dónde estaban los pies y dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la cabeza de quién, y sintiendo que no podía resistir más el rumor glacial de sus riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y aquella soledad espantosa.
(…)
…Aureliano escapaba al alba y regresaba a la madrugada siguiente, cada vez más excitado por la comprobación de que ella no pasaba la aldaba. No había dejado de desearla un solo instante. La encontraba en los oscuros dormitorios de los peublos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y la materializaba en el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando de aniquilar su recuerdo no solo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compañeros de armas calificaban de temeridad, pero mientras más revolcaba su imagen en el muladar de la guerra, más la guerra se parecía a Amaranta.
(…)
– ¿Qué dice? -preguntó.
– Está muy triste -contestó Úrsula- porque cree que te vas a morir.
– Dígale -sonrió el coronel- que uno no se muere cuando debe, sino cuando puede.
(…)
Fue entonces cuando se le ocurrió que su torpeza no era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que antes, cuando Dios no hacía con los meses y los años las mismas trampas que hacían los turcos al medir una yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no solo crecían los niños más deprisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo.
(…)
Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio a los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre.
(…)
Para Petra Cotes, sin embargo, nunca fue mejor hombre que entonces, tal vez porque confundía con el amor la compasión que él le inspiraba, y el sentimiento de solidaridad que em ambos había despertado la miseria. La cama desmantelada dejó de ser lugar desafueros y se convirtió en refugio de confidencias.
(…)
Se sintió tan fieja, tan acabada, tan distante de las mejores horas de su vida, que inclusive añoró las que recordaba como las peores, y solo entonces descubrió cuánta falta hcían las ráfagas de orégano en el corredor, y el vapor de los rosales al atardecer, y hasta la naturaleza bestial de los advenedizos. Su corazón de ceniza apelmazada, que había resistido sin quebrantos a los golpes más certeros de la realidad cotidiana, se desmoronó a los primeros embates de la nostalgia. La necesidad de sentirse triste se le iba convirtiendo en un vicio a medida que la devastaban los años.
(…)
…terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto se cagaran en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.
(…)
…y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.