París era una fiesta, de Ernest Hemingway (Reseña)

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Pero París era una ciudad muy vieja y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la luna.

De Hemingway no he leído hasta ahora más que El viejo y el mar, pero este libro me llamó la atención por sus tintes autobiográficos, y, no sé cómo decirlo, porque me llamaba la atención leer unas memorias tempranas de alguien que acabaría sintiéndose tan miserable como para volarse la cabeza con un tiro de escopeta. 

En el libro, Hemingway nos ofrece una serie de memorias y escenas de su estancia en París, en los años 20 y concretamente en el periodo comprendido entre 1921 y 1925, cuando intentaba ganarse la vida como periodista y escritor y convivía con su primera mujer, Hadley Richardson. En aquellos tiempos el matrimonio no tenía una economía muy boyante, pero sin embargo Hem (así le llamaban muchos de sus amigos en aquella época) da a entender que eran felices. En las memorias se hace recuento de observaciones, historias y recuerdos de Hemingway, contadas por él mismo. Los escenarios son bares, cafés y hoteles de París, algunos de los cuales todavía existen. En las páginas podemos encontrar anécdotas y la presencia más o menos intensa de personajes como Sylvia Beach, Hilaire Belloc, Aleister Crowley, John Dos Passos, F. Scott y Zelda Fitzgerald, James Joyce, Ezra Pound, Gertrude Stein… Estas memorias fueron publicadas de forma póstuma, tres años después de la muerte de Hemingway, lo hizo su viuda y cuarta esposa Mary Hemingway a partir de notas y manuscritos.

Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste. Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los árboles, a medida que las ramas se quedaban desnudas frente al viento y a la luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería igual que sabías que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio, cuando las lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una persona joven muriera sin razón.
En aquellos días, de todos modos, al fin volvía siempre la primavera, pero era aterrador que por poco nos fallara.

Parece que esta versión de las memorias es una revisada y depurada. Al fin y al cabo el punto de partida fueron dos baúles llenos de cuadernos de notas, que Hemingway recuperó en los años 50 del sótano del Hotel Ritz de París. Habían pasado treinta años desde su escritura, de los hechos narrados en ellos. Después de eso y hasta su muerte, trabajaría en los manuscritos durante varios años y en diferentes países. El trabajo final de edición lo hizo su entonces esposa, la cuarta: Mary Hemingway. Hubo polémica al respecto, ya que había detractores y defensores de ese trabajo suyo al editar el libro. Ya os podéis imaginar lo que decían los detractores: que había tenido poco criterio al ordenar los capítulos, que había eliminado algún capítulo por intereses personales…

[Jules Pascin] Se parecía más a un personaje de Broadway de finales de siglo que a un pintor excelente como era, y luego, cuando se hubo ahorcado, me gustaba recordarle tal como estaba aquella noche en el Dôme. Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono.

Curioso el fragmento anterior, cuando lo leí no podía evitar pensar que en las palabras entusiastas de EH cuando contaba con veinte o treinta años, en su narración del día a día y sus explicaciones podía encontrar ganas de vivir y entusiasmo. Obviamente en alguna parte del camino perdió las ganas de vivir en las siguientes décadas; por lo que he leído con motivos más que fundamentados. En París contaba con amor, salud, estaba a punto de tener su primer hijo y sentía entusiasmo por las personas y el arte que conocía en la ciudad.

En el libro EH explica con muchos detalles cómo era su lucha para ganarse la vida escribiendo, cuáles eran sus rutinas y sus alegrías o insatisfacciones al respecto. La rutina de EH para escribir parece fácil de resumir, se trata de escribir, escribir y escribir. Perseverar y no rendirse nunca, intentar ser tan verídico como sea posible. Pero la clave la da al final del siguiente párrafo, diciendo que en aquel momento siempre había una frase verídica a la que podía recurrir, fruto de su propia experiencia o de lo que veía en otros.

De pie, miraba los tejados de París y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas». De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir.
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En aquel cuarto aprendí también a no pensar en lo que tenía a medio escribir, desde el momento en que me interrumpía hasta que volvía a empezar al día siguiente. Así mi subconsciente haría su parte del trabajo y entretanto yo escucharía lo que se decía y me fijaría en todo, con suerte; y aprendería, con suerte, y leería para no pensar en im trabajo y volverme impotente para rematarlo. Bajar la escalera cuando el trabajo se me daba bien, en lo cual entraba suerte tanto como disciplina, era una sensación maravillosa y luego estaba libre para pasear por todo París.
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– Claro que no. Yo quiero escribir de modo que lo mío cale sin que el que lee se dé cuenta, y así, cuando más lea más calará.

Como buenas memorias, dan la impresión de no ser del todo fiables, por supuesto subjetivas y quizá en muchos puntos equivocadas. Eso mismo pasa con nuestros recuerdos, y esto no es más que leer los recuerdos de alguien, solo que explicados con bellas palabras y ordenados de forma que son amenos. Uno se pregunta si realmente su versión de la pareja Fitzgerald es fiel a la realidad, pero disfruté mucho los capítulos dedicados a su relación con el matrimonio, donde da su opinión sobre los dos (el talento de F.Scott, la manera de arruinar ese talento por parte de Zelda, alguna experiencia en común entre EH y F.Scott cuando fueron a buscar un coche del segundo en Lyon, o la célebre anécdota de los dos mirando penes de estatuas en el Louvre.

Al día siguiente habría que trabajar como una bestia. El trabajo lo cura casi todo, pensaba yo entonces; y lo pienso ahora.

Ya he comentado que en la época de París estaba casado con Hadley, y cuando habla de ella lo hace con cariño, con cierta nostalgia. No hay que olvidar que EH se casó varias veces después, y también hacia el final del libro él confiesa que le fue infiel. En estas memorias parece que el que escribe no se encuentra a sí mismo totalmente exento de culpa, y quizá a menudo esa tendencia a idealizar según qué épocas de juventud está haciendo acto de presencia. Sea como sea, las escenas de vida conyugal-familiar son bastante entrañables. Sin embargo, y como veréis en el siguiente fragmento, aunque claramente se encontraba a gusto con su vida de pareja, con respecto a la familia en un sentido más amplio, no tenía sentimientos tan positivos.

Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando has aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la famlia encuentra algún modo de hacerse peligrosa.

Como he dicho, uno lee este libro sabiendo que la historia de Hemingway no terminó bien, él mismo reconoce en estas páginas que aquellos años en París fueron hermosos, pero también pasajeros y frágiles. En aquellos años que recuerda, se recuperaba de los traumas de la Gran Guerra, y en París se estaba experimentando una transformación del panorama cultural. Él explica en el prólogo que podemos tratar el  libro como ficción si así lo preferimos, no se sabe con qué intención, o para que no nos tomemos a mal los múltiples cotilleos que hay esparcidos por las páginas (sobre Gertrude Stein, sobre todo sobre Fitzgerald, sin ahorrarse detalles).

Seguro que el libro no es perfecto, pero para mí es muy bueno. Lo recomiendo si os gusta leer autobiografías, o si os gusta Hemingway. Yo no he leído muchas novelas suyas, pero  ya me he decidido a solucionar eso en el futuro.

 

Cuando dejé de tomar las carreras como un trabajo serio, me quedé satisfecho, pero con una sensación de vacío. Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno solo puede llenarse descubriendo algo mejor.

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No me olvidaría de escribir. Era para lo que había nacido y volvería a hacerlo. Dijeran lo que dijeran sobre ello, sobre las novelas, los cuentos y sobre quién los escribía, me parecería bien.
Pero hay remises o depósitos en los que se puede dejar o almacenar cosas, como un baúl, o un talego con los efectos personales o los poemas inéditos de Evan Shipman, mapas marcados o incluso armas que no hubo tiempo de entregar a las autoridades competentes, y este libro contiene material de las remises de mi memoria y mi corazón. Aunque la una se haya visto alterada y el otro no exista.

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Autor: Ernest Hemingway
Año primera publicación: 1964
País del autor: USA
ISBN: 978-8490-327234
Número de páginas: 276
Dedicatoria: 

2 comments

  1. Me resulta complicado leer biografías de personas cuya obra admiro, no me gusta descubrir que no me gustan, pero en este caso, hablamos de una autobiografía y quizás sea motivo suficiente, al fin y al cabo su escritura es la razón de mi admiración más allá de las contradicciones de un hombre tan complejo.

  2. Al igual que tú, sólo he leído «El viejo y el mar» que, gustándome, tampoco es que me quitara el aliento. Y éste lo tengo por aquí, así que tras leer tu reseña le daré una oportunidad, y puede que al resto de su obra también 😉

    Saludos, Sonia.

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