El alcohol y la nostalgia, de Mathias Énard (Reseña)

LIBRO.El-alcohol-y-la-nostalgiaViajamos siempre con nuestros muertos, no debería haber dejado a Jeanne, ahora la echo terriblemente de menos. Yo que odio los viajes y ahora voy bien servido, horas y horas por delante  solo con Vladimir, que no dice palabra, solo con los recuerdos, el alcohol y la nostalgia, he ahí todo lo que permanece como decía Chéjov el médico muerto bebiendo champán, a solas con frases, con versos, recuerdos; quizá Jeanne tuviese razón, voy a perderme en el fin del mundo, a desaparecer en la noche siberiana, a sumergirme en el Pacífico…

Desde hacía tiempo tenía este librito en mi interminable lista de libros «to read», y esta semana por fin me decidí a comprarlo. Es breve, tanto que sobrepasa por poco las cien páginas con un tamaño de fuente no demasiado pequeñito. El resultado es que es de esos libros que se lee en una tarde. 

Antes de empezar a comentar lo que ocurre en la historia, vamos a entrar un poco en contexto para ubicar el origen del libro. Creo que puede ayudar a entender mejor su estilo y cómo está escrito, saber que está adaptado de una obra de ficción radiofónica de cien minutos que se emitió en 2010 en France Culture. La narración para la radio estaba integrada en un proyecto que formaba parte del año de Rusia en Francia, y en él veinte escritores  y poetas hicieron trabajos centrados en el Transiberiano, el legendario tren que viaja desde Moscú hasta Vladivostok. He leído que Mathias Énard escribió su pieza realizando él mismo un viaje en ese tren, lo cual aporta una dimensión nueva de interés.

El libro arranca cuando Mathias, el protagonista, recibe una llamada en plena noche de su ex amante Jeanne, para comunicarle que su amigo común, Vladimir, ha muerto. Esa misma noche, Mathias emprende un viaje desde París hasta Moscú, donde Vladimir ha muerto, para acompañar a Jeanne y desde allí emprender un viaje en el Transiberiano. ¿Y el viaje para qué? Pues para acompañar el cuerpo de su amigo desde Moscú hasta Novosibirsk, el pueblo del que procedía Vladimir.

– Tendría que irme a la estación – le dije.
– ¿No quieres que vayamos a mi casa? Tomaríamos té y nos meteríamos en la cama.
No respondí nada. Pensé que nosotros tres éramos muñecas rusas. Encajadas para siempre las unas en las otras, inútiles fuera, abiertas en dos y vacías. Ella se acercó a mí.

Realmente el libro consiste casi íntegramente en una sucesión de reflexiones y recuerdos de Mathias mientras viaja en el tren, aunque al principio del libro tiene un breve intercambio de palabras con Jeanne la acción real transcurre en el ejercicio de memoria del protagonista mientras viaja un trayecto larguísimo, solo acompañado del cadáver de su amigo y el alcohol en que intenta ahogar sus penas. Ese viaje, de tres mil kilómetros, os podéis imaginar que da para mucho, y que con ese entorno frío e inhóspito invita a la introspección, sobre todo en un personaje que, por lo que vamos descubriendo, tiene mucha tendencia a la tristeza y la melancolía.

El libro está planteado como un soliloquio, yo que no había leído nada del autor he quedado, en cierto modo, algo sorprendida de su tendencia un poco modernista (que sí había leído a otros autores) en cuanto a tomarse libertades sintácticas, o con la puntuación. También hay una (exagerada, diría yo) tendencia a la repetición, la reiteración de frases casi seguidas, cosa que llegó a irritarme un poco. Es un libro que lo tenía todo para gustarme, y que por detalles así, no me ha dejado con el mejor sabor de boca. Sí, claro, no veo por qué no alterar la puntuación, la sintaxis, pero ese grado de repetición… con eso no puedo. Es cierto que tiene sentido el desorden en la escritura y en los planteamientos, al fin y al cabo es un monólogo interno de un personaje que viaja todo el viaje borracho. También es cierto que quizá sería más conveniente tener en cuenta el origen radiofónico de la historia, su cualidad casi poética, y en la poesía tiene más sentido tanta repetición.

Cerré despacio aquel pequeño volumen, miré mi pluma, mis lujosas libretas desesperadamente vacías, mi vaso, mi botella, mis estanterías, el apartamento mugriento, la vajilla acumulándose en el fregadero; pensé que no había muchas cosas realmente importantes en la vida, ni las obras que uno escribe, ni los libros que lee, ni el destino, todo acaba engullido por un bicho minúsculo como una frágil flor, estaba triste, triste y al mismo tiempo alegre…

El viaje de Mathias no es solo literal sino metafórico. En ese trayecto de miles de kilómetros rememora cómo fue el triángulo amoroso entre Vladimir, Jeanne y él, cómo los tres se entregaron al alcohol y las drogas en diferentes escenarios de Moscú, y relaciona la historia política  del país (los gulag de Shalamov, Trotsky, Isaac Babel…) con los devaneos de estos tres personajes.

Mathias es un personaje frustrado por considerarse la muñeca rusa más pequeña de las tres, donde Jeanne y Vladimir serían las otras donde él encaja; también frustrado por no poder estar a la altura de su sueño de ser escritor por no poder superar la página en blanco. Así que Mathias habla, pero no con él mismo sino con el recuerdo de Vladimir, de muchas cosas: del amor, de la amistad, de los sueños, de la tristeza que supone vivir, así en general… Se hace mucho énfasis en el uso y abuso que los tres siempre han hecho de las drogas de todo tipo, y ese uso seguramente haya tenido que ver con la muerte de Vladímir. Por lo que cuenta Mathias parece que los dos jóvenes tenían bastante en común, y en ocasiones solo parece que Jeanne se desmarca un poco de esa angustia que los dos destilan. Pero ellos solo son la excusa para hablar de Rusia, de Moscú, de una sensación ambivalente de amor y de odio a sus estepas y sus ciudades heladas, llenas de violencia y de alcohol, al pasado convulso de la política, a los héroes y villanos que ha visto pasar el país…

Así que en general, diría que no es mal libro para nada, aunque el estilo es muy peculiar, con una marcada cualidad poética que casi eclipsa la narrativa. No sé si es el mejor libro para empezar a leer a Mathias Énard, como ha sido mi caso, porque no sé si es una obra totalmente representativa de su estilo. He leído que Habladles de batallas, de reyes y de elefantes es una muy buena obra suya, tampoco es muy larga y seguro que la leeré para decidirme sobre si me encanta Énard… o no tanto.

 …y descubrir una libertad que en realidad jamás había conocido, aparte de en los libros, en los libros que son mucho más peligrosos para un adolescente que las armas, pues me inocularon unos deseos imposibles de cumplir, Kerouac, Cendrars, o Conrad me hacían desear una partida infinita, amistades a vida o muerte a lo largo del camino y sustancias prohibidas para transportarnos, para compartir aquellos extraordinarios instantes en el camino, para arder en el mundo, ya no teníamos revolución, nos quedaba la ilusión del viaje, de la escritura y de la droga.

Autor: Mathias Énard
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Título original: L’alcool e la nostalgie
País autor: Francia
Año primera publicación: 2011
ISBN: 978-84-37-2481-0
Número de páginas: 106
Dedicatoria: 
A Jeanne, dondequiera que esté

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  1. Información Bitacoras.com

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