Carta de Stephen King a NY Times, sobre el asesinato de Kennedy (30/11/11)

Fecha: 30 de noviembre de 2011
Fuente: NY Times
Traducción: Sonia Rodríguez

No querría discutir la evaluación negativa de Ross Douthat de la presidencia de Kenney («The Enduring Cult of Kennedy«, columna, 27 de noviembre), aunque etiquetar de participantes de un culto a aquellos que ven aquella presidencia de forma positiva parece bastante estridente, y no me molestaré en discutir su caracterización de John F. Kennedy como un guerrero frío que solo habría agravado nuestra involucración en Vietnam, porque a la luz del asesinato de Kennedy, tal conclusión es una especulación descarada.

Con lo que discutiré es con su afirmación de que Lee Harvey Oswald asesinó al presidente a causa de las creencias marxistas de Oswald, y la conclusión concomitante de que la atmósfera política altamente volátil de Dallas (y todo el Sur Profundo) no tuvo nada que ver con sus acciones. Esto es tan ridículo como al viejo bulo de que las armas no matan a las personas, sino que las personas matan a las personas.

Como muchos escritores conservadores que contemplan ese día en Dallas, el Sr. Douthat se ha concentrado en las acciones y afirmaciones políticas de Oswald, y ha ignorado la personalidad seriamente dañada del hombre. Las conspiraciones – como la que resultó en la muerte de Abraham Lincoln, o la que casi resultó en la muerte de Hitler – son políticas.

Los pistoleros solitarios como Oswald actúan por otros motivos, no importa lo que digan en un esfuerzo por parecer racionales. Si Oswald estuviese realmente motivado políticamente, ¿por qué no asumió la responsabilidad del asesinato en algún momento durante las 40 horas entre su arresto y su propia muerte a manos de Jack Ruby? Seguro que si su motivación principal había sido política, habría levantado las manos y habría dicho, «Sí, fui yo, he limpiado el mundo de este belicista capitalista». (Timothy McVeigh es un buen caso para este tipo de comportamiento)

Las creencias comunistas de Oswald nunca fueron más que superficiales. Su interés real era ser visto como un rebelde, un tipo extraordinario que podía ver la verdad cuando todos estaban ciegos. La figura más importante de su vida fue su madre dominante, Marguerite, en cuya cama durmió hasta que tuvo 11 años y que le alababa o le humillaba de forma alternativa.
Cuando leyó «Das Kapital» mientras estaba destinado con los Marines en el Pacífico o intentaba «organizar» a sus compañeros de trabajo en varios trabajos malpagados, estaba ejerciendo la rebelión de la cual fue incapaz con su madre. Cuando repartía folletos de «Juego Limpio con Cuba» en Nueva Orleans, también intentaba descansar de su mujer.

La estrella que guiaba a Oswald no era el marxismo o el comunismo sino el verdadero culto americano: la fama. Huyó a la Unión Soviética porque creía que eso le haría famoso, incluso elevado. Cuando la burocracia soviética le permitió quedarse, pero le puso a trabajar en una fábrica de Minsk – solo otro proletario pegando tubos de vacío en radios – se desencantó con el comunismo y se esforzó por volver a América. Antes de llegar a Dallas, instruyó a su mujer, Marina, sobre cómo deberían responder a las hordas de reporteros que querrían hablar con ellos. Cuando no hubo reporteros, se puso furioso.

Como muchas personalidades perturbadas que se obsesionan con causas políticas, Oswald era una criatura maleable que siempre veía el nirvana en la siguiente curva de la carretera. Su encaprichamiento con Rusia se metamorfoseó en un encaprichamiento con Cuba. Su «organización» de Juego Limpio con Cuba solo existía en unos cuantos apartados de correos y en su propia y enorme imaginación. Aún así, conseguió algo de lo que quería: atención de los medios, un breve tiempo en la cárcel y atención, atención, atención.

En Dallas, consiguió la atención (a través de su mujer rusa, lo cual seguro que le dio rabia) de un recurso menor de la CIA y pintor de poca monta llamado George de Mohrenschildt, que encontró al sureño delgado divertido y decidió volverlo loco. Fue de Mohrenschildt – un camaleón con intereses propios en política, el verdadero espíritu de Dallas – quien le señaló a Oswald al segregacionista de extrema derecha Edwin Walker, y fue de Mohrenschildt quien hizo cambiar de opinión a Oswald sobre Kennedy, a quien Oswald había admirado fervientemente al principio como un abanderado del naciente movimiento de derechos civiles.

De Mohrenschildt sabía que Cuba era la nueva ciudad en la colina de Oswald, y también él, de Mohrenschildt, insistió en los esfuerzos de Kennedy por derrocar a Fidel Castro, con medios lícitos o no. Al final, diría, Oswald asesinó a J.F.K. cuando todos sus otros esfuerzos por conseguir titulares habían fracasado.

Decir que la atmósfera recalentada de Dallas no tuvo ningún papel en la decisión final – y probablemente espontánea – de Oswald de disparar desde aquella ventana del sexto piso es un bello ejemplo de la determinación conservadora de evitar lo obvio a toda costa. El Sr. Douthat también podría  afirmar que Squeaky Fromme o Sara Jane Moore intentaron asesinar al presidente Gerald R. Ford por motivos políticos. No fue el caso con ellas, y no fue el caso con Oswald. Los pistoleros solitarios hacen lo que hacen porque son personas dañadas, y las personas dañadas son únicamente susceptibles al ambiente en el que existen.

Si Oswald hubiese sido verdaderamente político, podríamos descontar las nubes de tormenta que se cernían sobre John F. Kennedy aquel día en Dallas. A causa de que Oswald no era realmente político, no podemos. Las personas dañadas y peligrosas como Lee Harvey Oswald son armas cargadas; la combinación de odio y extremismo político es el gatillo.STEPHEN KING
Bangor, Maine, 28 de Noviembre de 2011

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