Las 3 cosas más importantes de la vida, por Harlan Ellison (3ª parte)

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Continúa la traducción de este artículo de Harlan Ellison… y queda una parte más, la correspondiente a las relaciones laborales.


2. VIOLENCIA
No. No el claro y pálido sinsentido de cada semana de Starsky y Hutch. Violencia
de verdad, Repentina, inexplicable, horrible. Cómo rara vez podemos verla. Cómo de transtornados podemos estar frente a ella. Porque cuando realmente ocurre, cuando se manifiesta en su nivel más primitivo y amoral… entendemos cómo de frágil es el tejido del comportamiento social. En una vida singularmente llena de violencia, sólo uno sobresale sin siquiera tener un rival cercano, como el momento más horrendamente violento que he presenciado jamás. Lo resumiré; incluso hoy, años después, se me hiela la sangre recordando…

New York. Principios de los setenta, puede que el 73 o el 74. Estaba en la ciudad por negocios. Una vez solucionado lo del trabajo, salí con un amigo, un escritor de Texas a la que le encantan las películas tanto y tan indiscriminadamente como a mí. El ritual: el arrastre de películas. Llenarse de comida basura, empezar en el primer cine en el lado del centro de la 42, y hacer nuestro camino desde Times Square hasta 8th Avenue, cruzar la calle, y volver a Times Square. Días. Días sin fin. Veinticuatro, treinta y seis, cuarenta y ocho horas en la oscuridad. Comer allí, dormir allí, mear y soñar despiertos allí. Perritos calientes, palomitas, trozos de queso, snacks, pan francés, cualquier maldita cosa. Y veíamos todo: las buenas películas, las malas, las obras de kung-fu, las porno, las irlandesas, las de acción… todas ellas. Una tras otra, hasta que nuestros ojos se convertían en huevos escalfados, tambaleándonos de cine en cine como refugiados de una guarida de opio de Macao. No recuerdo el nombre de aquel cine en particular, pero estaba en el lado norte de 42nd Street, cerca de Broadway. Eran algo así como las cuatro de la mañana. Mi amigo y yo estábamos casi totalmente rotos. Recuerdo la entrada del programa doble, eso sí. La mitad de abajo, la película B, era Fear is the Key, es una película de acción y aventuras realmente pésima basada en una novela terrible de Alistair Maclean. La película principal era Save the Tiger, un drama contemporáneo protagonizado por Jack Lemmon. Ganó el Oscar por ese papel.

Y allí nos desplomamos, al puto final arriba en la platea, con las rodillas debajo de nuestras barbillas, los mejores asientos en una casa casi vacía. Cuatro de la mañana. Dos filas por delante nuestro – y allí estaba empinado, lo que estoy describiendo aquí está condenadamente cerca de ser per-pen-di-cu-lar — algún tipo negro estaba totalmente dormido, estirado a lo largo de tres o cuatro asientos, roncando.

Mi amigo el escritor de Texas está completamente dormido, después de haber liquidado una comida de tres cajas de Good’n’Plenty y un bombón helado cubierto de plátano. Y, una bendición, Fear is the Key termina, y empieza Save the Tiger.

Después de avanzar aproximadamente diez minutos en este estudio serio y sensible de un tipo de un centro de ropa que se está matando con una ética indecisa, y desde la primera fila de la platea, abajo y a nuestra derecha, pero aún así muy por encima del suelo del cine, escucho una voz negra vociferante empezar una diatriba.

Un diálogo que parece sacado de ONE HUNDRED DOLLAR MISUNDERSTANDING.
“¡Cabróoooooon! Cundenadu cabrón, estúpido pedazo mierda. Imbécil hijoputa basura mamona pedazo de mierda…
¡Leroy! Hey, ¡tú, hijoputa negro gilipollas Leroy! Vamos fuera, jodido marica, Leeeeeroy!”

Claramente, el crítico de la primera fila de la platea encontró este profundamente perspicaz estudio de la moralidad de la clase media vista a través de la arruinada tienda de Jack Lemmon menos que relevante para su existencia como morador de un barrio de mierda en mitad del siglo XX de dónde retornaría una vez que esta estúpida película judía sobre bastardos hijos de puta irlandeses terminara. Y eso no era lo bastante pronto para él. “¡Leeeee-ROY!

Tenía la sensación de que Leeeee-ROY era el caso terminal que yacía sobre los asientos dos filas por delante nuestra. Ajeno a todo.

Bueno, me esfuerzo por ver a través de la penumbra y vi el tipo allí abajo en la primera fila de la platea, sus pies sobre la baranda dorada, con su compañero al lado, viendo en silencio la película pero sin interrumpir el ruido. Y vi a los dos durante un rato, esperando que el tercer miembro del grupo, el bueno del viejo Leeee-ROY, meneara el trasero y se reuniera con los Athos y Porthos oscuros, y puede y sólo puede que se fueran del lugar en silencio para que así yo pudiera ver la maldita puta película.

Pero no hubo tanta suerte. El crítico sólo se pone peor, aullando a pleno pulmón. Leeee-ROY no se mueve ni un poco.

Y justo cuando el crítico está llegando a un punto que provocaría temblores de tierra, chillando hijoputa y cabrón a pleno pulmón, de detrás de mí escucho a La Voz de la Fatalidad:

“Cállate, negro, antes de que baje ahí y te mate”.

Deteneos conmigo por un nanoinstante. No fue uno de esos cállates que se gritan con enfado y uno encuentra demasiado frecuentemente estos días en cuchitriles del tamaño de pastilleros llenos de cerebros de espinilla de frente abultada y mandíbulas prominentes que farfullan sin fin como si estuvieran enfrente a la televisión de su salón. Esto fue — creedme — la voz más amenazante y cuajadora de sangre que haya escuchado nunca. Era el tipo de voz que uno sospecha que acompañaría al cuerpo sujeto al dedo que se mueve escribiendo mene mene tekel en letras de fuego. Esto era un abominable hombre de las nieves, un tiranosaurio, un gigante, un recto asesino cabrón. Profundo, resonante, autoritario, poderoso… y muy muy negro.

No quiero aburrir con esto pero quien fuera o lo que fuera que estaba sentado allí arriba detrás de mi amigo de Texas y yo, era malo.

A mi lado, sentí la mano de mi compañero texicano en mi muñeca. Suavemente, preguntó, “¿Qué coño fue eso?”

“La Voz de la Fatalidad”, dije. “Finjamos que no estamos. Mejor aún: finjamos que estamos en otro cine”. Todo esto ocurrió en un segundo. Y sólo un idiota habría contestado al dueño de esa voz. ¿Adivináis qué nombre estaba en el sobre de la categoría de Actuación Más Destacada a cargo de un idiota? Lo habéis acertado: el amigo de Leeee-ROY con su bocaza.

¿Es la violencia importante en esta vida?

El crítico empezó a chillar. “¿Quién ha dicho eso? ¿Quién me ha dicho esa maldita mierda a mí? Puedes bajar aquí, negro, ¡voy a rajarte! ¡Voy a rajarte, negro cabrón!”

Y seguía. Seguía y seguía. “Oh mierda”, murmuré, deslizándome más y más en el asiento, hasta que mis rodillas estuvieron al lado de mis orejas, como un saltamontes. A mi lado, mi amigo Texicano estaba rezando en Alto Latín Eclesiástico, Yiddish y Sufi, todo a la vez.

Creo que el tío de la primera fila de aquel cine dominado por las cucarachas, era sencillamente el hijo de puta más imbécil que me he encontrado; y lo que ocurrió a continuación fue el momento de violencia más rápido y letal que jamás he visto.

Bocazas todavía estaba trabajando en la conjugación de rajar, cuando de repente y sin aviso previo pasó una ráfaga de viento a mi lado, bajando por aquellos escalones empinados, rápido, rápido, tan condenadamente rápido que no pude distinguir si era un humano o un yeti o simplemente alguna terrorífica fuerza de la naturaleza, y todo lo que vi fue un borrón oscuro mientra algo GRANDE descendía suavemente a la primera fila, algo GIGANTE se movía a esa fila… y ese estúpido hijo de puta se levantó, todavía dándole a la lengua… como si pudiera hacer algo contra ese tipo ENORME que iba en silencio hacia él… y esa monstruosa furia negra simplemente levantó a Bocazas por la pechera de la camisa y lo levantó… y lo arrojó de cabeza sobre la barandilla.

Escuché un grito aterrorizado mientras el tío caía, y luego un nauseabundo ¡crack!, como un palillo de la dinastía T’ang al romperse, y luego el silencio.

Los únicos sonidos eran Jack Lemmon hablando sobre la violencia emocional que estaba sufriendo. Cállate, Lemmon.

Nadie se movió en el cine. No había mucha gente, de todos modos. Sólo mi amigo y yo y el durmiente Leeee-ROY y el amigo del tipo que había sido lanzado… y la forma gigante. En la platea. Y si había alguien abajo, no habían dicho nada. El amigo del saltador no se movió o miró alrededor o dijo ni una sola palabra. Simplemente se quedó sentado allí mirando al frente, como si no fuera posible encontrar nada más interesante en el universo que pensar en los problemas de Jack Lemmon. La forma oscura retrocedió por el pasillo… no miré a izquierda ni derecha… no vi nada, Jim, nada… y pasó por mí y desapareció.

Miré toda la película en silencio. Nadie se movió para ver si el saltador todavía estaba vivo. Después de un momento de espera el amigo del saltador se deslizó fuera de la platea como aceite por una canaleta, y se fue. Desde abajo… nada.

Y cuando se terminó la película, y se encendieron las luces, nos levantamos, y nos giramos lentamente. La platea estaba vacía. Leeee-ROY todavía era tabula rasa. Sólo nosotros, solos. Miré a mi amigo de Texas, y él me miró a mí, y sin decir una palabra bajamos aquella precaria escalera y nos asomamos a la barandilla para mirar.

El saltador estaba atravesado sobre el respaldo de un asiento destrozado. Estaba con forma de S. Panza arriba. Su columna estaba rota. No se movía. El cine estaba vacío. Volvimos a la platea, atravesamos el vestíbulo superior, bajamos la sinuosa escalera, hasta la entrada, y salimos. No miramos atrás. Nadie podía ayudar al saltador. Queríamos irnos.

Nunca más hablamos de eso.

Fue repentino. Sin una palabra. Sin una segunda amenaza. Sin falsos heroismos, como dos borrachos tambaleantes en un callejón fuera del bar. Sin fintas ni balanceos. Simplemente lo tiró; lo arrojó a la eternidad. Y se fue. Porque le habían molestado durante una película.

La violencia, la violencia real, no el sinsentido de Jack Armstrong al que todos jugamos… la violencia genuina e irracional es muy importante.

Porque no se puede saber cuando golpeará.

Y no hay escapatoria.

Os lo advierto, es terrible.

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