Las 3 cosas más importantes de la vida, por Harlan Ellison (2ª parte)

La primera parte de este artículo puede leerse aquí. Próximamente las dos partes que faltan.

1. SEXO

Podría empezar con la más esotérica de las tres, pero sé que vuestra capacidad de concentración es poca y, en lugar a tocar The Saints Go Marching In, he decidido que era mejor captar vuestra atención con inmoralidades rápidas.

El sexo es una de las cosas más importantes en la vida. Viene con la máquina. Entender el sexo es realmente importante, sabéis. Y no es suficiente decir, “Todos los hombres son una mierda” o “¿Qué demonios quieren las mujeres?” Esto está bien para novatos, pero uno tiene que seguir avanzando hasta el entendimiento. Como ayuda para vuestra gran búsqueda, ofrezco la siguiente anécdota de mi propia y humilde experiencia: un recuento mínimamente exagerado del encuentro sexual más pervertidillo que jamás he tenido.

Cuando llegué a Los Angeles en 1962, estaba de lleno en la indigencia extrema. La pobreza era, para mí, un salto en un paréntesis de mayores ingresos. Consecuentemente, no estaba teniendo mucho sexo. Observadores más astutos que yo han trazado las correlaciones entre el ratio D&B de uno y la atracción para miembros del mismo sexo o el contrario.

De cualquier modo, conocí a esta joven en Stats Charbroiler una tarde, y de algún modo la engañé para que aceptara una cita. Han pasado quince años desde ese encuentro, pero recuerdo su nombre hoy tan claramente como si hubiera sido grabado en mi cerebro con un martillo neumático. Brenda.

Una persona, mujer, sustancialmente construida, pelo color rubio miel, ojos ámbar, de modales despreocudos y pechos enormes. Compartimos una conversación amena, le expliqué que era nuevo en L.A. y que era, de hecho, un autor publicado.

Ella se entusiasmó con eso.

Tomé su número de teléfono y dirección, y prometí recogerla la noche del sábado siguiente a las 8 para una noche retozante de camaradería y pasar un buen rato, inteligentemente proporcionada a mis finanzas inexistentes. Largos paseos en el aire nocturno vigorizante, ese tipo de cosas.

Llegó el sábado, y lavé a mano el horrible Ford de 1951 que me había traído a California desde Chicago y New York. Me vestí tan fantásticamente como pude, consciente en todo momento del hecho de que haber pospuesto un buen número de comidas había bajado mi peso a cerca de 90 libras y estaba empezando a tener la apariencia de un caso de raquitismo declarado.

Conduje hasta su casa, que estaba en la sección pija de Brentwood en Beverly Hills. Caminé hasta la ornamentada puerta de apartamento en un corredor, y pulsé el timbre. No ocurrió nada. Pasaron los minutos, y empecé a albergar pensamientos indignos sobre la ética de Brenda. Finalmente, escuché pasos en el interior, y la puerta se abrió de golpe.

Allí estaba de pie Brenda en combinación, con cosas en el pelo. “Entra, entra”, dijo de mal humor, como si la hubiese interrumpido en el preciso momento en que estaba decodificando la molécula de ADN o algo igualmente importante. “Se me ha hecho un poco tarde. Tengo que terminar de arreglarme el pelo. Bueno, entra ya”.

Entré al vestíbulo, en pie sobre un corredor cubierto de plástico que se alejaba en la distancia. Mientras ella cerraba la puerta detrás de mí, empecé a dar un paso fuera de la franja de plástico para que la puerta no me golpeara. Mi pie se congeló en medio de un paso mientras ella dejaba salir un alarido. “¡Aaaargh! ¡En la alfombra no! ¡Mamá hizo venir a la de la limpieza hoy!” Yo giré, consiguiendo mantener el equilibrio con dificultad sobre una pierna, como un flamenco. Me quedé inmóvil sobre el corredor de plástico y miré hacia mi derecha, la dirección hacia la que me había dirigido mi pie errante.

Allí, extendiéndose hacia el horizonte distante, pavimentando una sala de estar ligeramente más pequeña que Bosnia y/o Herzegovina, estaba el símbolo pluscuamperfecto y lunático de la casa de nuevos ricos en ascenso: una alfombra blanca, un montón de pelo, un verdadero Mar de Sargasso de loca alfombra blanca — ¿quién si no un imbécil enmoqueta el suelo de una habitación en la cual se supone que tienen que relajarse humanos, en blanco, por Cristo? — con el pelo yendo patológicamente en una dirección, claramente después de haber sido peinada la alfombra por alguna esclava, para que estuviera neuróticamente en una sola dirección. Se habían empleado horas para asegurarse de que cada maldita fibra fuera en dirección norte-noroeste.

“¿Tengo que quedarme sobre el corredor?”

“Claro. Sólo quédate aquí. Saldré en un minuto.”

Y desapareció. De vuelta en los intestinos de aquel domicilio ciclópeo, dejándome congelado de pie y tembloroso, con mis pantalones enormes, mientras ella iba a completar su acicalado. El corredor de plástico se extendía bajo mis pies hasta el tenue y acorazado interior. A mi izquierda una puerta cerrada. A mi derecha la extensión inviolable de alfombra blanca y un salón en el cual Jerjes fácilmente habría podido reunir a sus ejército para un ataque a las Termópilas. Me quedé allí, cambiando el peso de un pie a otro, como un mal alumno de instituto esperando reunirse con el Director.

Y el tiempo pasaba. Lentamente. Esperé y esperé, y no escuchaba nada del interior de la residencia. El salón parecía incitantemente cómodo, con todos aquellos sofás gigantes y el enorme piano. Pero se me había negado la entrada. Me sentía como Howard Carter y Lord Carnarvon ante la puerta de la antecámara de la tumba de Tutancamón, deseando entrar en un espacio en el que nadie había estado en tres mil años, pero temiendo la terrible inscripción de Cuidado, todos los que violéis este lugar sagrado…

No sé vosotros, amigos, pero si me dejáis solo en algún sitio, sin nada que me divierta, durante un largo periodo de tiempo, segurísimo que me meteré en problemas. Y así, poseído por algún demonio malévolo de mi infancia, empecé a obsesionarme con la pureza de aquella maldita alfombra. Me quedé mirando su impoluta extensión blanca, ese mar de césped desteñido mecido para siempre. Y finalmente, cuando tenía que hacer algo o reventar, di un paso hasta el borde del corredor de plástico, me agaché, y salté todo lo lejos que pude hacia el interior de la alfombra. No había manera de saber de dónde había salido yo. Mis pisadas aparecieron mágicamente allí fuera.

Dudé sólo un momento, y luego, refregando los pies para producir impresiones en la alfombra, empecé a deletrear el clásico PHUQUE chauceriano. En letras de cuatro pies de altura. En una alfombra de un blanco virginal.

Y justo estaba poniendo el . del ! cuando escuché un estrangulado “¡Aaaaaaargh!” detrás de mí. Me di la vuelta, y allí estaba la perdida Brenda, con un aspecto realmente fantástico, pero con esta, cómo lo diría, uh, expresión verde en su rostro. “¡OhJesúsOhDiosMíoOhMierda! ¡Mi madre me va a mataaaar!” Y echó a correr, dejándome allí bastante avergonzado, preguntándome qué gárgola mental había tomado posesión de la catedral de mi mente, sabiendo que de ninguna manera iba a tener sexo.

Luego, en un momento, vino, enarbolando un cepillo para alfombras, no una aspiradora, sino uno de esos cepillos básicos para alfombras, ¡y empezó a peinar el pelo en dirección norte-noroeste!

Y yo vi esta loca escena durante aproximadamente treinta segundos hasta que tuve más de lo que podía soportar, y le grité, “¡Esto es una locura! ¿Cómo demonios puedes ser esclava de una jodida alfombra?” Pero ella estaba bajo el influjo de fuerzas más poderosas que mi carisma. Estaba bajo el hechizo inquebrantable del entrenamiento en limpieza, y si hubiese sobrevenido el Apocalipsis ella hubiese seguido colocando el pelo de la alfombra como antes.

Me volví loco.

Intenté cogerle el cepillo. Ella hizo una pirueta para huir de mí. No recibió un golpe. Di una zancada hacia ella de nuevo, y puse mis manos alrededor del cepillo. Forcejeamos de un sitio a otro del salón, colisionando y rebotando en los mueles, dejando la alfombra peor que antes. Ella luchaba como una de esas mujeres bárbaras de las aventuras de Conan, pegando puñetazos y patadas.

Y el cepillo terminó así, y nosotros asá, y caímos y luchamos más o más por e suelo, golpeándonos la cabeza y las piernas. Y más y más, y me paré un momento, cuando estaba encima, y le sujeté los brazos y la miré, intentando controlar mi respiración…

Y en ese instante percibí un brillo de locura destellando en sus jos, y murmuró con voz ronca: “Pégame”.

Oh, mierda.

Ahora tenéis que entenderlo: Soy un chico judío de Ohio, tranquilo, de buenos modales. Ni siquiera años inmerso hasta las caderas en los peores lugares de New York, Chicago, London y Billings, Montana, habían podido mancillar la moral rígidamente puritana que me ha guiado a la cima del éxito y buen aspecto que veis ante vosotros ahora. Para simplificar, estaba aterrorizado. Después de todo ese tiempo, al final, a pesar de mis esfuerzos para evitarlo, me había encontrado con una de esas mujeres.

“Uh… perdón”, dije débilmente.

“Pégame”, dijo otra vez. El brillo de sus ojos destelló.

“Uuuh-¿pegarte?” y entonces

“Dame unos puñetazos. Me encanta”.

“¿Puu-u…?”

“No dejes marcas. Sólo hazme un poco de…”

Oh, mierda.

Me estaba mirando, con una clara lujuria en su rostro, sus labios húmedos con un deseo declarado. Un muchacho judío tranquilo y agradable de Ohio. Pero qué demonios, soy adaptable.

Bogart se reafirmó. Mi voz bajó cuatro octavas. “Te gusta un poco de paliza, ¿verdad, corazoncito?”. Ella asintió, golpeando con la cabeza la alfombra. “Vale” dije con dureza, “desnúdate”.

Ella pareció preocupada por un instante. – ¿Desnuda?

“¡Ahora!”, dije, con voz rasposa. Me quité de encima. Me quedé de pie a su lado mientras se quitaba la ropa. Mis ojos se entrecerraron, mi mandíbula se tensó. Miré en silencio. Cuando estuvo desnuda — y era bastante despampanante, debo añadir — dije: “Vale, túmbate de espaldas”. Se volvió a tumbar. (Durante un loco instante quise decirle que “hiciera un ángel” del modo en que solíamos hacerlo cuando caía mucha nieve en Ohio. Te tumbas de espaldas y mueves los brazos arriba y abajo, haciendo las alas de un ángel. Pero no lo hice. Eso hubiera sido realmente loco).

Las pesadas cortinas de las ventanas del salón estaban sujetas por cuerdas gruesas doradas con borlas. Desaté cuatro de ellas. Sujeté una alrededor de su pierna izquierda, la fijé, y la até a una pata del piano. Luego hice lo mismo con la pierna derecha y la sujeté al otro lado del piano. Luego un brazo estirado sobre su cabeza y atado a una pata del enorme sofá. El otro brazo a otra pata del sofá. Estaba despatarrada, justo en medio de la palabra PHUQUE (sin el .) completamente de espaldas, su cuerpo transpirante temblando con la pasión controlada a duras penas.

“¿Puedes moverte?”

Lo intentó, luego meneó la cabeza.

“¿Están bien apretados los nudos? ¿No se pueden aflojar?”

Asintió de nuevo, con respiración irregular.

“Magnífico”, dije, dirigiéndome a la puerta. “Saluda a tu madre de mi parte, y agradécele la sopa de pollo”.

Y corrí por mi vida.

Todo lo que podía pensar era que cuando su madre llegara a cas esa noche, encontraría a su preciosa bebé atada como una gacela al abrevadero, echaría un vistazo a esa monstruosa escena y empezaría a gritar: ¡Mi alfombraaaaa…!

¿Me preguntáis si el sexo es una de las cosas más importante la vida? Desde luego. Pero la falta del mismo es incluso mejor para volverte loco.

10 comments

  1. DAEDDALUS, me alegro de que te haya gustado. ^^

    TENACIOSO, gente hay para todo… ufff, muy pillados. Y mira, igual te perdiste historietas como esta, pero salvaste la vida o algo así. Qué de locos.

    ANA LAURA, sí, es genial! Creo que lo habías dicho, sí, es genial aunque conocerlo como persona debe ser como brrrr! xD

    LOBO, sí!! Y en sus relatos, por supuesto.

    J.F.SEBASTIAN, sí, sí, se ve que algunos hombres no se quedan atrás.

    BEA, me alegro de que te haya gustado. De nada por la traducción, en realidad me encanta traducir, es un placer y me relaja.

    Y nada, a todos, me gusta que os haya gustado, quedan las otras dos partes!!

  2. No hay nada que agradecer, Tulio. Y sí, sin duda Harlan Ellison merece ser leído, por muchos motivos. Alguien que es capaz de narrar una anécdota así, sin duda posee un gran sentido de la narración, el ritmo y el lenguaje.

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