Fragmento traducido de ‘Hunger and Thirst’ de Richard Matheson

PUblicada en el año 2000, la novela ‘Hunger and Thirst’, de Richard Matheson, es en realidad una novela que escribió con tan solo 23 años de edad. El agente de Matheson le dijo que era impublicable debido a su extensión [609 páginas] y la dejó de lado, trasladándose a California conde su carrera de escritor cambió drásticamente.

Narra la historia de Erick, que yace paralizado en su cama tras haber sido tiroteado en un atraco, contemplando el embrollo en que se ha convertido su vida mientras espera a que lo salven.

Este fragmento es de las páginas del principio.

1

Cuando se despertó no era capaz de moverse.
Ni un hombro, ni un miembro, ni un dedo. Cada músculo parecía paralizado, inútil. No había ninguna sensación en su cuerpo.
Estaba tumbado en la cama y miraba el techo e intentaba recordar. Qué lo había llevado allí, dónde estaba e, incluso, quién era. Su cerebro era un fluido lento que se deslizaba como lava sobre el esfuerzo por saber. Casi podía sentirlo cambiando y mudando como un río turbio contra los muros de su cerebro.
Silencio.
En el exterior había silencio. Casi nunca había silencio fuera. No en la ciudad, no donde vivía. Se preguntó donde estaban los trenes elevados y los camiones y los coches y la gente con prisa.
Silencio. Su cerebro intentaba trabajar.
Era un esfuerzo. Era como estar en pie con sudorosa impaciencia sobre una máquina obstinada, maldiciéndola, golpeándola, intentando hacerla funcionar. Y, todo el tiempo, el bulto de un motor resistiéndose como una mula testaruda y negándose a girar. La gran ausencia de movimiento era un insulto arrojado a los dientes. Así es como estaba su cerebro entonces. No podía saber: ¿Dónde estoy? ¿Qué día es? ¿Qué hora? ¿Por qué se sentía como si estuviese recubierto de cemento?
Sus ojos legañosos por el sueño se volvieron hacia abajo. Miró al suelo.
Vio su abrigo allí, se había caído y lo habían arrojado, en un montón y arrugado. Era una montaña de lana, con crestas y elevado con pendientes de seda del forro y grandes cuevas ocultas de las mangas.
Sus ojos se elevaron y vio su sombrero en la silla, inclinado contra el respaldo. El mismo color y la misma posición inmóvil. Como si todas las cosas estuviesen congeladas en el tiempo y el espacio y él las viera desde alguna postura atemporal. Miró fijamente el sombrero y pensó – Extraño, cómo conseguí ponerlo allí en la oscuridad sin siquiera intentarlo cuando…
El recuerdo se ensombreció. Una niebla de olvido hizo explotar de forma repentina su niebla sobre cualquier recuerdo. No podía recordar el más pequeño incidente de lo que parecía haber sido “la noche anterior”. Había sido arrojado devuelto a la habitación y allí estaba, yaciendo inmóvil sobre la cama y sintiéndose como si se hubiese convertido en piedra, como si fuera una roca allí. Algo más lejos sobre el sencilla alfombra de hilo marrón vio el dinero.
Estaba desparramado por el suelo, docenas de billetes color verde oscuro. Parecía como si, desde el techo, una extraña nube financiera se hubiese formado y hubiese llovido dinero verde hasta la alfombra. Un maná, un beneficio del cielo de su habitación. Las gotas estaban perfectamente formadas. Habían llovido billetes. Sus ojos los recopilaron, de cinco y de diez, y de veinte. No podía decir cuántos. Había algunos billetes debajo de otros, ocultando números. Todos en grupos de color verde. Y sus ojos no eran lo bastante buenos.
Aún, nada más que silencio.
¿Por qué? ¿En la ciudad? Imposible. A menos que hubiese cazado un momento poco común en el que todo el movimiento y todo esfuerzo habían cesado de repente. Cuando las corrientes de tráfico y comercio se habían ido completamente durante un momento antes reuniéndose en su ola ruidosa.
Miró hacia arriba otra vez, todavía grogui. La habitación se movió sobre él. Estaba hecha de caucho turbio. No se formaban contornos nítidos, no había bordes que ganaran la claridad afilada que deberían haber tenido. Pestañeó y pestañeó, sintiendo las minúsculas dagas de residuo punzante en los rabillos de sus ojos.
Intentó despertarse. Quería levantarse y lavarse la cara.
Pensó que quizás estaba exhausto. Pensó que quizás ese fuera el motivo por el cual no era capaz de moverse. Miró hacia abajo inspeccionando su largo cuerpo inmóvil. Era como estar detrás de una almena y observar el terreno de un campo de batalla desordenado y devastado. Todavía no estaba despierto. No estaba seguro de estar durmiendo todavía. Podría haber ocurrido, pensó. Cosas como esa ocurrían.
Su pierna izquierda estaba sobre la cama. El zapato de su pie izquierdo estaba apretado contra el pie de la cama, que tenía la pintura descascarillada. Sentía la presión. De una forma extraña. No una presión directa y localizada. Era vaga, sin definición; como si la sintiera en su mente porque veía el pie presionado y sabía que debía haber presión en alguna parte.
Y pensó de nuevo que podía estar dormido porque así es como eran las cosas en un sueño. Nada estaba realmente dotado con la verdadera sensación de esas presiones y tactos del despertar real. En los sueños sentías dolor pero no había dolor; y sensualidad cuando no había una causa física para ello. Era algo completamente mental.
Sus ojos se elevaron.
Su pierna derecha estaba curvada sobre el borde de la cama y quedaba colgando sobre el suelo. Todo lo que podía ver era el caballete de la articulación de la rodilla sobresaliendo en el gastado material de sus pantalones. No podía ver su pie derecho. Estaba a un lado de la cama, fuera de su vista.
Ahora, ya fuera porque el sueño se volvía más real o había pasado, los velos se fueron retirando uno por uno.
Empezó a sentir.
Su hombro derecho le dolía. Lentamente, como el dolor que surgía después de que uno se hubiera quemado. Un destello delicado y preciso como un reloj de sensación incómoda. Descubrió que tenía los labios apretados cuando fue consciente de ellos. Fue siendo más consciente de ellos porque sus labios estaban secos, muy secos.
Vio sus brazos. Su brazo izquierdo estaba a su lado, caído e inerte, como un guerrero caído. El pulgar de su mano izquierda estaba señalando como si estuviera intentando hacer autostop con él.
El resto de los dedos estaban ligeramente flexionados, arcos de carne inmóvil. Estaban blancos, casi leprosos. Las rayas de suciedad en los nudillos eran como senderos minúsculos sobre la superficie de su carne.
No podía sentir su brazo izquierdo o su mano izquierda.
Estaba seguro de que era un sueño. Podría haber estado mirando el brazo de otra persona.
Sabía que era suyo y aún así, ¿cómo podía insistir el ojo cuando el cuerpo no reconocía el testimonio?
Miró a su otro brazo porque lo sentía. El brazo estaba estirado a lo largo de su cuerpo, tan cerca de él que podría haber sido un tumor. Su mano derecha estaba metida debajo del muslo. Estaba blanca también, lo que podía ver de ella. Pero la sentía. Le dolía con un dolor sordo. Parecía que podía decir definitivamente que era suya. Podía identificar la localización de ese dolor sordo.
Una brisa pasó sobre él, proveniente de la abertura de la ventana.
La había abierto quince centímetros. Recordaba eso. De repente se vio a sí mismo de pie al lado de la ventana y golpeando los lados de la misma para aflojar las cuerdas grises y polvorientas y levantar la ventana quince centímetros. Recordaba que había habido luces de neón brillando en la calle. Había visto personas caminando.
Entonces esta era su habitación. Y había abierto la ventana hacía dos días. ¿O había sido hace tres días? Después había llovido, pensó. Sí, después había llovido. Y ahora el viento entraba por la ventana. Frío y cortante.
Fuera, el sonido estalló.
El momento de silencio antinatural terminó como si se hubiera conservado con su sueño. Escuchó los sonidos que estaba acostumbrado a escuchar. Un camión rechinando sus marchas, girando las ruedas. Un tren elevado retumbando en la estación, disminuyendo la velocidad para detenerse, arrancar de nuevo y aullando dentro de los cristales grisáceos. Y la completa amalgama, el intangible patrón de ruido que una ciudad formaba por sí misma.
Pensó – Tiene que ser por la mañana temprano, debería levantarme.
No era capaz de moverse.
Los extremos de su boca se curvaron hacia abajo. Los rabillos de sus ojos se arrugaron. Su rostro, en sueños o despierto, reflejó la ira creciente que sentía. No era miedo o premonición. Simplemente se estaba poniendo furioso. Porque había dicho que era por la mañana. Veía claramente que era por la mañana y aunque se había dicho a sí mismo que había que levantarse, no podía hacerlo.
Así que se dijo de nuevo a sí mismo – Levántate, levántate, no importa esto. Pero añadió para sí rápidamente, secretamente – Si resulta que no puedes moverte entonces obviamente esto es un sueño porque sólo en un sueño podría ocurrir tal cosa porque…
Intentó levantar los brazos. Pero sus brazos no se levantaron. Podrían haber estado remachados a la cama. Su cuerpo entero podría haber estado clavado como algún Cristo horizontal extravagante. Los dedos de su mano derecha sólo hormigueaban. Los miró. Paseó la mirada de un brazo a otro, con una sensación creciente de irrealidad completa.
La habitación estaba moviéndose de nuevo, agitándose y temblando. Se estaban formando nubes en las esquinas de nuevo. Un sueño, saltaba a la vista, un sueño, empezó a afirmar. Pero continuó intentándolo, de todos modos. Vamos, le dijo a su cuerpo, prepara tu pierna izquierda, deslízala sobre el borde de la cama y siéntate.
No era capaz de hacerlo.
Olvidando su idea de que estaba soñando dejó que un sonido de alarma llenara su garganta como un gimoteo. Intentó hablar.

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