Libros leídos en 2009 (XVIII): La Vanidad de los Duluoz, de Jack Kerouac

Hoy me terminé por fin este libro. Y digo por fin porque me llevó algo de tiempo, entre otras cosas, porque sólo adelantaba leyendo unas cuantas páginas antes de entrar a trabajar cada día. Casi recién levantada, acostumbro a llegar un poco antes al trabajo, y cuando aparco, me quedo como quince minutos en el coche leyendo (hasta que es la hora de entrar). Y así fue como, medio dormida o muy dormida, fui leyendo esta última novela de Kerouac.

Fue su última novela, la culminación de esa especie de saga de la que indirecta, o directamente, es protagonista, junto con los que fueron sus amigos y compañeros escritores: Allen Ginsberg, William S. Burroughs… Si en otros libros como Los Vagabundos del Dharma o En el Camino (dos de los más conocidos), nos cuenta sus aventuras y vivencias en la edad adulta, cuando ya era un escritor reconocido, esta novela empieza contándonos su infancia, su época de instituto… en realidad no es al lector a quien se lo cuenta, sino a su «mujercita», refiriéndose a ella en numerosas ocasiones a lo largo del libro. En este libro abandona a medias su estilo de siempre y «dado que ya no le gustan a nadie las libertades que me tomaba con la puntuación, utilizaré la tradicional para la nueva generación de analfabetos«.

Se nota que es la última novela que escribió. En esta novela, aunque cuenta sus andanzas de juventud, casi de niñez al principio, se le nota cansado. No reluce en sus palabras la alegría de vivir, o al menos a mí no me lo pareció. Es como alguien que repasa su vida, dándose cuenta de que habiendo hecho eso, no ha conseguido lo que quería. Pero si hubiera hecho otras cosas, tampoco tendría lo que quería. Como bien dice al final del libro, pensaba que cuando publicara su primer libro, estaría redimido, «Y sin embargo, no pasó nada». Es un libro sobre el desengaño, sobre la pérdida, pero también las increíbles andanzas de un escritor genial que vive mil situaciones improbables hasta que realmente se convierte en un escritor: jugador de béisbol de primera, marino mercante, se enrola en la Marina… en mi caso, iba leyendo y pensaba lo inevitable, que es «joder, qué poco he vivido», pero supongo que es normal pensarlo, y supongo que hay gente que, como él, vivió muy rápido, y mucho. Kerouac se bebía la vida y eso sí se puede apreciar en este libro. Puede parecernos un estúpido, un egoísta o un necio (yo no lo creo), pero siempre hay que terminar por reconocer que amaba la vida, que amaba mirar y observar, y que probablemente si lo hubiéramos conocido, nos habría seducido con su manera de hablar ágil y poética.

FRAGMENTOS DEL LIBRO

… y a la suave luz de mi lámpara se desplegaban delante de mí las
palabras inmortales de Tom Wolfe que hablaban de los «climas» de América. (…)
No sentía la necesidad de imitar lo que decía, se limitó a revelarme que América
era un poema en lugar de un lugar donde luchar y en el que sudar. Básicamente,
ese poeta americano de ojos oscuros hizo que quisiera ponerme en marcha y ver la
América auténtica que estaba esperándome y que «nunca había sido contada».

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Si Sabby se hubiera embarcado conmigo, habría podido dejar el
Dorchester
después de su penúltimo viaje y venirse conmigo a Liverpool, etcétera. Pero, al
igual que vi las flores de la muerte en los ojos de la mayoría de mis compañeros
de tripulación, las vi en sus ojos. Se alistó en la Marina unos meses después.
Las flores de la muerte, como Baudelaire comprendió perfectamente al contemplar
París desde su terraza, están en todas partes de forma permanente y hay para
todos.

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A veces el viento origina una ola agitada que produce una montaña de espuma
sedosa y luego se disuelve en los surcos no arados del agua. Pequeños
levantamientos, grandes levantamientos… ¡Bah! El mar es como un tronco en
llamas, siempre fascinante de mirar y siempre, intrínsecamente, un aburrimiento,
como debo de serlo yo ahora, siempre un tonto, ejemplo de algo supuestamente
universal, lleno de sabiduría y todo eso, siempre fuente de lugares comunes como
«el ardiente tronco» y «el cambiante mar» y todo eso; el mar y todo eso hace que
desees bajar al comedor a tomar tres tazas de café, una por cada uno de los que
montan guardia, y decirle adiós al universo sin objetivo que, después de todo,
es el único hermano que tenemos, que nos muestra un rostro plácido y consolador
o bien nos frunce el ceño.

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En la pureza de mi cama de hospital, durante semanas sin fin, mirando el
techo en la penumbra mientras aquellos pobres hombres roncaban, comprendí que la
vida es una creación brutal, hermosa y cruel, porque cuando ves un brote
primaveral, cubierto de rocío, ¿cómo puedes creer en su hermosura si sabes que
aquella humedad sólo está allí a fin de animar al capullo a florecer para que
pueda caer, marchito y seco, en otoño?

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