Dos poemas traducidos de Bukowski

La muerte quiere más muerte [Death wants more dead]

la muerte quiere más muerte, y sus redes están llenas:
recuerdo el garaje de mi padre, cómo de infantil
quitaba los cadáveres de las moscas
de las ventanas por las cuales habían creído que escaparían-
sus pegajosos, feos y vibrantes cuerpos
gritando como perros locos y mudos contra el cristal
sólo para girar y revolotear
en ese segundo más inmenso que el infierno o el cielo
en el borde del alféizar,
y luego la araña desde su agujero frío y húmedo
nerviosa y expuesta
el soplo del cuerpo subiendo
colgando allí
sin apenas saber realmente,
y entonces sabiéndolo.
algo la envía por su hilo abajo,
la red húmeda,
hacia el débil escudo de zumbido,
la pulsación;
un último movimiento desesperado pelo-pata
allí contra el cristal
allí, viva, al sol
hilada en blanco;
y casi como el amor:
el acercamiento,
la primera succión silenciada de la araña:
llenando su saco
sobre esta cosa que vivía;
inclinándose allí sobre su parte trasera
extrayendo su sangre cierta
mientras el mundo continúa fuera
y mis sienes gritan
y empuño la escoba contra ellas:
la araña embotada con rabia de araña
todavía pensando en su caza
y sacudiendo una pata rota ;
la mosca muy quieta,
una manchita sucia atrapada en la paja
sacudo a la asesina relajada
y camina coja y enfadada
hacia alguna esquina oscura
pero intercepto su entretenimiento
su arrastrarse como algún héroe roto,
y las pajitas aplastan sus patas
que ahora se agitan
sobre su cabeza
y mirando
mirando al enemigo
y de algún modo valiente,
agonizando sin dolor aparente
simplemente arrastrándose hacia atrás
pedazo a pedazo
sin dejar nada
hasta que al final el saco rojo de tripas
salpica sus secretos,
y corro, infantil
con la ira de Dios un paso por delante de mí,
de vuelta a la sencilla luz del sol,
preguntándome
mientras el mundo continúa
con sonrisa torcida
si alguien
habrá visto o sentido mi crimen

Amigos en la oscuridad [Friends within the darkness]

puedo recordar morirme de hambre en
una pequeña habitación de una ciudad extraña
las persianas bajadas, escuchando
música clásica
era joven era tan joven duele como un cuchillo
en mi interior
porque no había alternativa excepto esconderse tanto
como fuese posible…
no con autocompasión sino con desánimo ante mis posibilidades limitadas:
intentando conectar.

los viejos compositores – Mozart, Bach, Beethoven,
Brahms eran los únicos que me hablaban y
estaban muertos.

finalmente, muerto de hambre y derrotado, tuve que salir a
las calles a ser entrevistado para malpagados y
monótonos
trabajos
por hombres extraños detrás de mesas
hombres sin ojos hombres sin rostros
que se llevarían mis horas
las romperían
se mearían en ellas.

ahora trabajo para los editores los lectores los
críticos

pero todavía pierdo el tiempo y bebo con
Mozart, Bach, Brahms y los
Bee
algunos amigos
algunos hombres
a veces todos necesitamos ser capaces de seguir solos
son los muertos
golpeteando las paredes
que nos rodean.

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