Historias (inmobiliarias) para no dormir. I parte.

El otro día nos acercamos a uno de esos antros innombrables que a veces, reciben el nombre de inmobiliarias. Pero antes de contar la historia, pongámonos en situación.

Unos días antes, habíamos pasado por delante de la puerta, curioseando y tal, y de repente, como lanzado por un resorte, salió un tío de dentro, advirtiéndonos de que la información que había en los carteles (ya sabéis, los carteles de pisos que tienen a la venta y esas cosas), no estaba actualizada. ¿Ein? Más o menos le dijimos eso. Luego cayó en la cuenta y nos preguntó si estábamos mirando alquiler o compra… compra… «ah, bueno, entonces sí, es que de los de alquiler algunos ya no están«… y nosotros «ah, vale«. El tío, de repente, nos alarga una tarjeta y nos dice «Me llamo tal, aquí está mi teléfono si otro día os queréis pasar, es que a veces no estoy y no se queda nadie«… hummm, vale, nos despedimos y hasta otro día.

Lo que nos llamó la atención fue:

1) la evidente desesperación del tío por vender (eso creíamos)
2) ¿que la información que muestran en el exterior no está actualizada? Es como si en el súper te ponen precios mal, o antiguos, debajo de los productos. O más bien, creo que la comparación perfecta sería, que en un súper te pongan fuera una fotografía de una lata de sardinas gigante porque está de oferta, a 0,99 € por ejemplo. Y luego entras y te dicen que no, que la información no está actualizada pero tienen una lata de caballas estupenda por 2,25 €. Algo así.

Pues bien, viendo que el pobre hombre se mostraba tan predispuesto, volvimos otro día.

Imaginaos, un miércoles a las seis de la tarde, todo abierto en todas partes.

Salgo de trabajar, recojo a Carlos en casa y nos vamos cogidos de la mano y contentos a la inmobiliaria, para informarnos con datos (esta vez sí) actualizados. Lo de cogidos de la mano y chiribitas en los ojos, es, evidentemente, una exageración y un recurso narrativo.

Primera observación: fuera continúan los mismos carteles que hace una semana, que fue la primera vez que fuimos. Es más, pondría la mano en el fuego por decir que son los mismos que hace un mes.
Segunda observación: parece que no hay nadie, empujamos la puerta… no hay nadie.

En la puerta hay pegado un cartel que dice «en caso de urgencia, pueden llamar al número tal de móvil». Consideramos que dado que hemos ido hasta allí y queremos entrar, es una urgencia, así que Carlos le llama. Vale, el tío dice que tardará cinco minutos. El por qué no está allí, en primer lugar, es el gran misterio que, avanzo, nunca llega a aclararse.

Esperamos, esperamos… «Carlos, ¿han pasado los cinco minutos?«… más bien habían pasado quince cuando por fin llegó.

Nos saludamos, nos da la mano… esas tonterías formales que se hacen en ese tipo de sitios, como si por darte la mano tuvieras que creer que te toman en serio (eso es otra historia). Pues bien, entramos.

Como sabemos bien lo que buscamos, le decimos claramente y sin dudar, «buscamos un piso de compra, que tenga esto, esto y esto, por aproximadamente esta cantidad, y que bajo ningún concepto esté en tal barrio«.

El tío, de todos modos, nos comenta que tiene un piso por menos dinero, sin esto y sin esto, pero que está muy muy bien. Pasamos. Resulta que la información de los pisos de compra que hay fuera TAMPOCO está actualizada.

Entre disculpas… «es que me han dejado solo» (es verdad, en tiempos debió haber un/una recepcionista y dos agentes inmobiliarios, a juzgar por las mesas)… empieza a buscar en una especie de archivos (en papel) que tiene por allí. Nos comenta que hay un piso que coincide con lo que buscamos, pero que cree que lo han vendido («porque tenía un cartel y lo han quitado«). Llama al número que tiene de contacto y efectivamente, lo habían vendido, aunque, evidentemente, no a través de su agencia. Llama a otro, la misma historia.

Se pierde entre papeles, no nos dice que nos sentemos… no puedo evitar fijarme en lo vacía que está la oficina, y que la luz de la tarde evidencia el polvo. Uno piensa que, teniendo tan poco que hacer como para estar fuera de la oficina, podría poner al día los carteles de fuera.

Finalmente, se rinde, nos dice que buscará mejor en los que tiene, que a veces le entran pisos de bancos (embargos), y que no sé qué. Le dejamos un teléfono de contacto sabiendo que no llamará… nunca.

Una experiencia extraña… aunque al menos no nos ha intentado hacer creer que está vendiendo un montón (como en otra agencia, donde, con dos empleados, nos querían convencer de que habían vendido 3 pisos esa semana…). Por cierto, no nos ha llamado, como pensábamos que iba a ocurrir. Suponemos que estará trabajando duramente en su otro trabajo de pluriempleo y no tiene cabeza para todo, una de las explicaciones a lo de dejar la agencia cerrada en horas más que laborables.

Para que luego digan que no venden pisos, pero es que claro, con este servicio… El mundo de las inmobiliarias… ese mundo donde los cerdos vuelan y las nubes son de gominola. Creo que hay gente que todavía vive un poco en la burbuja (inmobiliaria) de hace unos años.

De verdad, todo esto parece que podría dar para un pequeño libro.

(Continuará…)

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