Justine (El cuarteto de Alejandría I), de Lawrence Durrell (Reseña)

En este mundo hay seres condenados a la autodestrucción, y ningún argumento racional influye en ellos. Justine me hacía pensar siempre en una sonámbula que avanza peligrosamente por la cornisa de una torre; si se le grita para despertarla, hay el peligro de que se desplome. Lo único que sabía hacer era seguirla en silencio, confiando en alejarla poco a poco de los negros precipicios que flanqueaban su camino.

Sé que buscaba información sobre algún libro que me interesaba cuando di con una de esas listas o rankings de novelas, donde aparecía la tetralogía de la cual forma parte este libro que os vengo a comentar. Justine es la primera entrega del Cuarteto de Alejandría, una serie de libros con diferentes historias entrelazadas y ambientadas en la ciudad egipcia. Después de Justine, se publicarían Balthazar, Mountolive y Clea.

Antes de empezar a leer la novela, solo tenía claras dos cosas: 1) que estaba muy bien ambientada en la ciudad de Alejandría (Egipto), ciudad que el autor conocía muy bien por haber vivido allí cuatro años por su  trabajo en la Embajada Británica, y 2) que es una novela erótica. Y esto segundo no era lo que más me atraía, pero sí he de reconocer que sentía cierta curiosidad, ¿cómo se conjuga una novela erótica con el retrato de una ciudad? Bueno, pues antes de pasar a mi comentario sobre la novela, decir que ni es una novela erótica, ni es una crónica de una ciudad en una época determinada, pero a la vez es ambas cosas, y más.

¿Cómo describir Justine? Es una novela atmosférica, descriptiva y un tanto onírica en la que al inicio me resultó difícil entrar, pero que en última instancia me enganchó mucho. Mejor comentar cuáles son los principales protagonistas, y el tipo de relación que los une. No es una historia complicada en sí, o con multitud de personajes, sino bastante sencilla, pero a veces estas son las que pueden dar más juego y son más universales.

El marco es Alejandría, una ciudad mestiza, caótica y de algún modo, bella. El narrador, un escritor que al comenzar la narración vive en un retiro con una niña pequeña, que no es suya. Este narrador nos habla de sus vivencias pasadas con Justine, Nessim, Melissa,  Georges, Pursewarden… Nos habla de su historia ilícita con Justine, esposa de Nessim, que no es la única historia de infidelidad en el libro. Nos habla del día a día en la ciudad, de las fiestas, de los excesos, del sexo.

Tenemos una novela coral, no centrada en un solo punto de vista sino en varios, es una novela compleja y ornamentada, no siempre fácil de leer, muy intensa al principio y que abunda en descripciones. Por eso comentaba que al principio me costó engancharme; sin embargo, ahora pienso en seguir con la tetralogía. Hay veces que en que la lectura nos sirve para evadirnos, para tener un alivio rápido a los problemas cotidianos; en esta novela no encontraréis eso, es una historia para paladear y procesar, uno ha de tener el humor adecuado.

¿Y quién es Justine, la mujer que da título a esta novela coral? Podríamos describirla rápidamente, sí: es una mujer casada, aficionada al amor carnal con diferentes amantes. Su marido parece saberlo o intuirlo, pero en cierto modo consiente porque la quiere demasiado. Y a Justine se la describe como un ser primordialmente y ante todo, sexual, y esta sed de placer está por toda la novela, y en varios de sus personajes. Y no tengo nada en contra de una concepción hedonista y dionisíaca de la vida. Pero siendo yo una mujer, puedo decir que seguramente Durrell, como hombre, redujo el retrato de una mujer a características muy simples, dejándola en una especie de estereotipo en algunos aspectos. La mujer (¿perfecta?) vista como drama y como prodigio. Una imagen quizá simplista, pero a la vez gloriosa y no carente de encanto.

Pero no se trata de una crónica de un adulterio, o de infidelidades cruzadas solamente. En última instancia la novela habla del amor, y del impacto que supone en la vida del que lo experimenta. En la novela se explica el desequilibrio entre amantes, cómo uno de los dos siempre queda a la sombra del otro. El amor ideal supone el eclipse de uno de los dos amantes, mientras que el amor carnal es más igualitario, más saludable en cierto sentido al estar cimentado en el placer sexual, efímero por naturaleza.

La narrativa, como he dicho,  es compleja, tomando diferentes puntos de vista y analizando los mismos hechos en ocasiones desde diferentes perspectivas. Y siempre con una prosa compleja, llena de adjetivos y metáforas tan rebuscadas como poéticas. Confío en que los fragmentos que más me han gustado y acompañan esta entrada, sirvan como ejemplo de lo que estoy diciendo.

En conjunto, acaba resultando una obra llena de belleza, sensual y sexual. No es una novela erótica, pero en algunos momentos lo es. No es una novela exclusivamente “de ciudad”, aunque Alejandría es un personaje más. Comencé a leerla con cierto escepticisimo e incluso resistiéndome a meterme en la historia, pero la acabé de manera muy diferente. Y ya digo, es posible que continúe con las siguientes del Cuarteto. Porque entre la ornamentación y lo barroco de la narrativa, hay reflexiones que me han ganado en la novela. Y porque al final me he quedado muchos de sus fragmentos, y eso es señal de que me ha gustado. Y mucho.

…Justine, con su preciosa cabeza, su nariz árabe de ángulo pronunciado y los ojos translúcidos, agrandados por la belladona. Miraba a su alrededor como una pantera semidomesticada.

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– Le asombrará si le digo que siempre he visto en Justine una especie de grandeza. Como usted sabe, hay ciertas formas de grandeza que, si no se aplican al arte o a la religión, hacen estragos en la vida corriente de los hombres. El error es que Justine consagró sus dones al amor. Es cierto que en muchos casos ha sido mala, pero en ninguno de ellos su actitud tenía importancia. Tampoco puedo decir que nunca haya hecho daño a nadie. Pero los perjudicados han salido ganando. Los arrancó de sí mismos. Era forzoso que sufrieran, y muchos no han comprendido la naturaleza del amor que ella les infligía. Yo sí.

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Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes.

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Me dio la impresión de que trataba de mostrar una serie de crueles caricaturas de sí misma, pero esto es habitual en los solitarios, convencidos de que su verdadera personalidad no puede encontrar correspondencia en nadie.

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Hubiera bastado pensar: “Es tan hermosa como indigna de confianza. Recibe el amor como una planta el agua, livianamente, sin pensar”, y entonces hubiéramos andado juntos, del brazo, a lo largo del canal maloliente, o hubiéramos navegado por el lago Mareotis inundado de sol, y yo la hubiera tomado tal cual era, gozado tal cual es…

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Y para definir mejor esa triste vinculación que tanto dolor me había causado, vi que el dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo, y todo lo que me había legado era una fuente de continua salud, un desasimiento pródigo en vida.

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El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque solo así no deja heridas.

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Uno no sabe cómo comportarse con los muertos: su rigidez, su infinita sordera son tan estudiadas… Se está ante ellos con la misma incomodidad que ante los reyes.

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Los amantes no están nunca bien aparejados, ¿no te parece? Siempre hay uno que proyecta su sombra sobre el otro, impidiendo su crecimiento, de manera que aquel que queda en la sombra está siempre atormentado por el deseo de escapar, de sentirse libre para crecer. ¿No te parece que este es el único lado trágico del amor?

Autor: Lawrence Durrell
País del autor: Reino Unido
Año publicación: 1957
Número páginas: 355
ISBN: 978-84-350-1791-6

Leído en… español (Ed. Edhasa)

Dedicatoria:
A Eva,
estas memorias de su ciudad natal.

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