Cronomoto, de Kurt Vonnegut

Mi mujer cree que soy un gran tipo. Está equivocada. No pienso que sea un gran tipo.
Mi héroe George Bernard Shaw, socialista y dramaturgo tan sagaz como gracioso, dijo ya octogenario que, si a él lo consideraban inteligente, se apiadaba de las personas a quienes consideraban tontas. También dijo que, tras haber vivido tanto tiempo, al fin tenía la sabiduría suficiente para ser un buen recadero.
Así me siento yo.

Después de leer Matadero Cinco, quería algún libro más de Kurt Vonnegut. En su día me costó meterme en el modo de escribir de Vonnegut, pero finalmente le cogí el gusto, y mucho. Así que con la premisa de este libro, enseguida me sentí atraída. Lo que en español han dado en traducir como «cronomoto», sería en inglés timequake, una especie de sacudida del tiempo que implica un salto atrás en el tiempo (de diez años), que provoca que todo el mundo repita todo lo vivido en esos años, siendo consciente de ello pero sin poder cambiar nada. 

Vonnegut no sería un autor que recomendaría a cualquiera. Porque incluso con una premisa tan extraña como la que acabo de comentar, este libro no es lo que uno pueda esperar de una novela de ciencia ficción. Porque a ratos no es siquiera ficción, y en muchos momentos no es tampoco una novela. Es una mezcla extraña de realidad y ficción, de memorias y desbarre mental, que me ha fascinado. 

Mi tío Alex Vonnegut, un vendedor de seguros educado en Harvard que vivía en la calle North Pennsylvania 5033, me enseñó algo muy importante. Decía que cuando las cosas andan realmente bien debíamos tratar de percibirlo. Hablaba de ocasiones sencillas, no de grandes victorias: beber limonada a la sombra en una tarde calurosa, oler el aroma de una panadería cercana, pescar sin importar si pescamos algo o no, oír a alguien que toca bien el piano en la casa vecina.
Durante esas epifanías, insistía el tío Alex, debemos decir en voz alta: «Si esto no es estupendo, ¿qué cosa lo es?»

A través del alter ego del autor, Kilgore Trout, Vonnegut vuelca no solo opiniones, sino sus propias vivencias. Esta ruptura en espacio-tiempo, que es como un déjà vu que dura diez años, obliga a las personas a hacer y decir lo mismo que la primera vez. Todos los errores cometidos se repiten, todo lo que se arrepienten de no haber dicho, vuelven a dejarlo sin decir. Una situación de lo más frustrante.  

Pero no creáis que el desarrollo del libro es lineal, sino que se nos van dosificando informaciones sobre la historia en sí misma, junto con reflexiones del autor respecto a multitud de temas: la familia, el amor, la violencia, el libre albedrío, el sentido común… Me gustan las reflexiones de Vonnegut porque las encuentro razonables y muy lúcidas. Junto a las reflexiones hay recuerdos y anécdotas, en algunos casos relacionados con su familia, cosas que decían sus tíos, consejos que recibió o dio él mismo. Lo que convierte el libro en tan confuso (y a la vez maravilloso), no es solo que no tenga una estructura clara, sino que va alternando el protagonismo entre el propio Vonnegut y su alter ego Kilgore Trout. 

Con afiladas críticas a la sociedad, Vonnegut nos regala reflexiones sobre la escritura, o sobre cómo las personas son incapaces de aprender de los errores o pedir perdón. No hay evolución ni aprendizaje. 

Jane podía creer de todo corazón en cualquier cosa que infundiera magia a la vida. Esa era su fuerza. Fue criada como cuáquera, pero dejó de ir a las reuniones después de sus felices cuatro años en Swarthmore. Se convirtió al episcopalismo después de casarse con Adam, que siguió siendo judío. Murió creyendo en la Trinidad, el cielo, el infierno y todas esas cosas. Me alegro. ¿Por qué? Porque la quería.

Kilgore Trout

Me da un poco de pena que todas estas ideas no cristalizaran en una novela; pero a la vez me parece que el resultado tal como está, es genial. Un poco contradictorio, sí, pero tal como lo tenemos, Cronomoto es un vehículo perfecto y sorprendentemente entretenido para el humor e inteligencia de Vonnegut. No solo, como he dicho antes, el libro es vehículo de sus memorias o reflexiones suyas o de Trout, sino que ademas intercala algunos cuentos como por ejemplo el de la tripulación de un bombardero estadounidense que es juzgada por negarse a lanzar la tercera bomba atómica, o el del bingo en el búnker de Hitler.

En definitiva, yo creo que solo gustará a muy fans de Vonnegut (igual me equivoco, no lo sé), pero si vosotros lo sois… os gustará mucho, como a mí. 

 

Siempre tuve problemas para terminar los cuentos de un modo que fuera satisfactorio para el gran público. En la vida real, como durante la reposición que sigue a un temblor de tiempo, la gente no cambia, no aprende de sus errores y no se disculpa. En un cuento tiene que haber al menos dos de esas tres cosas para que no dé lo mismo tirarlo a la basura sin tapa encadenada a la boca de incendios que está situada frente a la puerta de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.
De acuerdo, podía manejar eso, pero en cuanto un personaje cambiaba y/o aprendía y/o se disculpaba, el resto del elenco se quedaba parado allí tocándose las pelotas. Ese no es el modo de indicarle al lector que el espectáculo ha terminado.

*****

Cuando regresé de la guerra, mi tío Dan me palmeó la espalda.
– ¡Ahora eres todo un hombre! -bramo.
Estuve a punto de matar a mi primer alemán.

*****

Me sentía como me siento ahora, como aquellos balleneros descritos por Herman Melville, que habían dejado de hablar. Ya habían dicho todo lo que tenían que decir.

Autor: Kurt Vonnegut
Título original: Timequake
Año publicación: 1997
País del autor: USA
235 paginas
ISBN: 978-84-16420-04-9

Dedicatoria:
En memoria de Seymour Lawrence
personaje romántico y gran editor
de curiosas historias narradas con tinta
sobre pulpa de madera blanqueada y alisada.

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