El sentido de un final, de Julian Barnes (Reseña)

¿Qué sabía yo de la vida, yo que la había vivido con tanto cuidado? ¿Yo que no había ganado ni perdido, sino que me había conformado con dejarme vivir? ¿Que tenía las ambiciones habituales y que me resigné con demasiada rapidez a que no se realizaran? ¿Que evitaba que me hicieran daño y lo llamaba capacidad de supervivencia? ¿Que pagaba las facturas matenía, en lo posible, buenas relaciones con todos y para quien el éxtasis y la desesperación pronto se convirtieron sólo en palabras leídas alguna vez en las novelas? ¿Una persona cuyos autorreproches nunca en verdad le lastimaron? Bueno, debía reflexionar sobre todo esto mientras sobrellevaba un tipo especial de remordimiento: el daño infligido a la larga a alguien que siempre creyó que sabía evitar que le hiriesen, e infligido justamente por esa misma razón.

Este año está siendo mi año de descubrimiento de Julian Barnes. Empecé sintiendo curiosidad porque escuché hablar de él en la radio (concretamente, sobre tu espléndida explicación del propio duelo ante la muerte de su esposa, Pat), pero no me ha bastado con leer un solo libro suyo. Me he enganchado. Se trata de una narrativa adulta, madura, cargada de amargura, de culpa y de arrepentimiento… pero no me quiero avanzar mucho a los temas porque precisamente el libro que hoy comento profundiza en todos estos temas, no tanto en el duelo o la muerte.

El libro tiene lugar en dos momentos temporales muy diferentes. La primera juventud del protagonista, y su vejez (o edad madura, lo que prefiráis), donde lo encontramos ya maduro, llevando la vida tranquila del jubilado. Se llama Tony Webster y es un apacible jubilado, incluso abuelo ya, porque su hija Susie ha tenido un bebé hace poco. Está divorciado de su mujer Margaret, pero en general se siente bastante en paz con su vida. ¿Qué pasaría su su visión de su propio pasado no fuese del todo exacta? ¿Que pasaría si objetivamente, por cómo actuó en el pasado, no debiera sentirse tan en paz? Para él, su vida no se parece demasiado a lo que soñaba para sí mismo a los veinte años, pero aun así está razonablemente satisfecho.

Éste era otro de nuestros temores: que la vida no resultara ser como la literatura. Mirad a nuestros padres: ¿eran ellos material literario? A lo sumo podían aspirar a la categoría de espectadores o transeúntes, a formar parte de un telón de fondo contra el que podían acontecer cosas reales, auténticas, importantes. ¿Como qué? Como las cosas de las que trataba la literatura: el amor, el sexo, la moralidad, la amistad, la felicidad, el sufrimiento, la traición, el adulterio, el bien y el mal los héroes y los villanos, la culpa y la inocencia, la ambición…

Así, Tony, sintiéndose ecuánime y en paz, nos cuenta partes de su juventud y adolescencia. En su adolescencia, tenía un grupo de amigos bastante cerrado, y exclusivo. Eran tres, hasta que con la llegada de Adrian, pasaron a ser cuatro. Eran snobs y engreídos, pero Adrian siempre fue el más lúcido e inteligente. Tras unos años de intensísima amistad, los cuatro amigos se juraron amistad eterna al terminar el instituto, e incluso siguieron manteniendo contacto al comenzar la universidad, pero pronto el rumbo natural de sus vidas los distanció, y también un hecho trágico que ninguno de ellos hubiese esperado.

Pasados los años, un día, ya volviendo al presente y al Tony maduro y jubilado, este recibe una carta de un abogado. Resulta que la madre de una chica que fue su novia durante dos años, Veronica, le ha dejado en su testamento una pequeña cantidad de dinero y dos documentos. Lo que se puede contar es que el resto de la novela girará en torno a uno de esos documentos, y que además, como es de esperar, estará muy relacionado con los años de juventud de Tony.

Y más en general ocurre algo parecido, ¿no? Cuanto más aprendes menos temes. “Aprender” no en el sentido de estudio académico, sino en la comprensión práctica de la vida.

Sin entrar por tanto a comentar detalles específicos de la historia, que es mejor que cada uno descubra en la lectura, sí que se puede decir que esta pequeña novela (pequeña, es por breve), trata sobre cómo recordamos nuestro pasado. En cierto punto se dice que a medida que mueren las personas que nos rodean, va habiendo menos testigos que contrasten nuestra versión de los hechos, o que puedan confirmarnos cómo fuimos. El tiempo disuelve la realidad que hemos vivido, y los recuerdos a menudo los modelamos a nuestro gusto, omitiendo detalles que nos son incómodos o acentuando aspectos que nos favorecen.

Pero lo que seguimos mirando son los ojos, ¿no? Es en ellos donde buscamos a la otra persona, y todavía los encontramos. Los mismos ojos que estaban en la misma cara cuando nos conocimos, nos acostamos, nos casamos ,fuimos de luna de miel firmamos una hipoteca hacíamos las compras, cocinábamos e íbamos de vacaciones, nos amábamos y engendamos una hija. Y eran los mismos que cuando nos separamos.
Pero no son solo los ojos. La estructura ósea sigue siendo la misma, así como los gestos instintivos, las muchas maneras de ser ella misma. Y su modo de estar conmigo, incluso después de todo este tiempo y distancia.

En esta historia, Tony, después de los años, no siente culpa por los errores cometidos en el pasado. Es como cualquiera de nosotros, y él mismo confiesa que muchas veces ha hecho uso de un buen “instinto de supervivencia” para no dejarse dañar por lo que le pasaba, que siempre ha salido ileso de todas las situaciones. Pero, ¿qué pasaría si los errores de pasado volvieran después de muchos años, no nos cogerían desprevenidos a cualquiera de nosotros, como a Tony? Porque leyendo diferentes reseñas, he visto malas opiniones sobre Tony, que es mala persona, que es un egoísta, y que su narración en primera persona es más que nada irritante. Se le acusa a Tony de no entender nada, pero, ¿acaso podemos presumir todos nosotros de entender al 100% sucesos importantes de los que hemos sido partícipes?

Los que niegan el tiempo dicen: cuarenta no son nada, a los cincuenta estás en plenitud, los sesnta son los nuevos cuarenta y así sucesivamente. Sólo sé esto: que hay un tiempo objetivo, pero también uno subjetivo como el que llevas en la cara interior de la muñeca, al lado de donde está el pulso. Y este tiempo personal, que es el auténtico, se mide en relación con la memoria. Así que cuando sucedió aquella cosa rara -cuando me asaltaron de repente aquellos recuerdos nuevos- fue como si, en aquel momento, hubieran colocado el tiempo al revés. Como si en aquel momento el río discurriera hacia arriba.

Tony es tan ignorante como se podría esperar de cualquiera a los veintipocos, tan ciego como cabría esperar de un chico despechado que se cree en posesión de la verdad. Cuando pasan los años, sin que nadie contradiga su versión, él se ha construido una realidad, su versión de todo lo que ha pasado, y es ya cuando han pasado décadas, que alguien aparece para contradecir esa historia. Para mí no es irritante, es descorazonador, y la verdad es que seguro que todos podemos vernos un poco en este espejo incómodo. Porque lleva a pensar en cuántas veces habremos hecho un inmenso daño a los demás, sin pensarlo siquiera, de forma banal.

Una magnífica novela, con la extensión justa, y ese estilo que me ha enganchado tanto de Julian Barnes, con una ludidez, inteligencia y cinismo que harán que probablemente lea más libros suyos este mismo año.

En la vida privada, en cambio, creo que lo cierto es lo contrario: que se pueden deducir actos pretéritos de estados de ánimo actuales.
Creo, desde luego, que de un modo u otro todos sufrimos abusos. ¿Cómo no sufrirlos, salvo en un mundo de padres, hermanos, vecinos y compañeros perfectos? Y luego está la cuestión, de la que tanto depende, de cómo reaccionamos ante ellos: si los confesamos o los reprimimos, y la forma en que esto afecta a nuestra relación con el prójimo. Algunos reconocen los abusos y tratan de mitigarlos; otros se pasan la vida intentando ayudar a otros que los han sufrido; y hay otros cuya preocupación principal es evitar a toda cota que vuelvan a abusar de ellos. Y estos últimos son los despiadados, y de los que hay que cuidarse.

Autor: Paul Barnes
Título original: The Sense of an Ending
Año publicación: 2011
País del autor: UK
ISBN: 9780224094153
Número de páginas: 186
Leído en… español (Ed. Anagrama)

Dedicatoria:
Para Pat

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