Niveles de vida, de Julian Barnes (Reseña)

Aunque fue hace poco que escuché algo sobre este autor, no recuerdo exactamente dónde fue. Creo que fue en un programa de radio en el que a veces recomiendan libros, y no recomendaban este título sino algún otro (¿puede que El sentido de un final? La cuestión es que, sin haber leído nada suyo, de repente tengo tres libros suyos por leer. El primero ha sido este -el de menos páginas-, el otro El sentido de un final. Y por último, The Only Story, recién publicado.

Lo que hizo que quisiera leerlo fue que cuando escuché que hablaban de su obra, decían que parte de ella gira en torno a la idea de que el amor y el dolor están irremediablemente unidos. El dolor y la aflicción son el peaje que tarde o temprano deberán pagar los que aman. Cuanto más amor sintamos, más dolor nos arriesgamos a sufrir. Parece una idea simple, y lo es, pero aun así, me interesaba muchísimo leer el desarrollo, las historias que en este caso rodeaban este núcleo central.

Y en este libro tenemos tres partes muy diferenciadas. En las dos primeras, el ensayo se mezcla con la narración novelada, siempre basándose en hechos reales. En la tercera parte, más biográfica, Barnes cuenta cómo fue la vivencia de la enfermedad y muerte fulminante de su mujer, Pat Kavanagh, que falleció solo 37 días después de que le diagnosticaran un tumor cerebral. Pat y Julian llevaban juntos 30 años. En otros libros, por lo que he leído, Julian Barnes exploraba también lo que significó para él la muerte de su mujer. El vacío, la desesperación, las ideas de suicidio, la decepción que le provocaron algunos de sus amigos… Pero a eso llegaremos cuando comente la tercera parte del libro.

En la primera parte, titulada “El pecado de la altura”, se habla de los pioneros del globo aerostático, centrándose sobre todo en unas pocas figuras que destacaron en este campo en el siglo XIX. Sobre todo habla de tres personajes: Gaspard-Félix Tournachon (más conocido como Nadar), el pionero de la fotografía desde el cielo (desde un globo aerostático en ese momento), que además de eso fue un reputado autor de retratos de celebridades de la época y se empeñó en construir el globo aerostático más grande del mundo: Le Geant; también aparecen aquí el Coronel Fred Burnaby y la actriz francesa Sarah Bernhardt. Se habla del descubrimiento del cielo, de los pioneros, de la euforia de las primeras veces, el riesgo que representaba, y la sensación de éxito infinito cuando la misión llegaba a buen fin.

La única fotografía aerostática de Nadar que ha sobrevivido data de 1868. Exactamente un siglo después, en diciembre de 1968, despegó la misión del Apolo 8 para su viaje a la luna. El día de Nochebuena, la nave espacial pasó por detrás de la cara oculta de la luna y entró en la órbita lunar. A medida que emergía, los astronautas fueron los primeros seres humanos que vieron un fenómeno para el que había que acuñar una palabra nueva: la “salida de la tierra”. El piloto del módulo lunar, William Anders, utilizó una cámara Hasselblad especialmente adaptada para fotografiar dos terceras partes de una Tierra que salía de un cielo nocturno. Sus imágenes la captan con un color suntuoso, con una cubierta de nubes livianas, sistemas de tormenta arremolinados, densos mares azules y continentes herrumbrosos. El general de división Anders reflexionó más tarde:
Creo que fue la salida de la Tierra lo que realmente nos impactó a todos en el plexo solar. […] Mirábamos nuestro planeta, el lugar donde habíamos evolucionado. Nuestra Tierra estaba llena de color, era bonita y delicada en comparación con la muy áspera, accidentada, destartalada, hasta aburrida superficie lunar. Creo que a todo el mundo le sorprendió que hubiéramos viajado 386.000 kilómetros para ver la Luna cuando era la Tierra lo que en realidad valía la pena contemplar.

En la segunda parte, “En lo llano [On the level]”, se nos cuenta cómo pudo haber sido el idilio entre Fred Burnaby y Sarah Bernhardt, a los que ya conocemos de la primera parte. El romance es una historia trágica de amor y ruptura entre los dos. Se compara la inconsciencia y el riesgo que supone inmiscuirse en historias de amor que sabemos que nos van a hacer daño, con el hecho de subirse a un globo por buscar emociones, sabiendo que era una actividad peligrosa que podía conllevar la muerte. Pero Burnaby, experto en surcar los cielos evitando el peligro, en esta historia se mete de lleno en arenas movedizas cuando se enamora de Sarah, una actriz tan popular como voluble que sabemos desde el minuto uno que le va a romper el corazón.

Vivimos a ras de suelo, en lo llano, y sin embargo aspiramos a elevarnos. Terrestres, a veces ascendemos tan alto como los dioses. Algunos se elevan por medio del arte, otros con la religión; la mayoría, con el amor. Pero al elevarnos también podemos caer en picado. Hay pocos aterrizajes suaves. Podemos rebotar en el suelo con tal fuerza que se nos fractura una pierna y somos arrastrados hacia una vía férrea extranjera. Cada historia de amor es en potencia una historia de aflicción. Si no al principio, más tarde. Si no para uno, para el otro. A veces para ambos.

Y llegamos a la tercera parte del libro, “La pérdida de profundidad”. Parece mentira que en tan pocas páginas se nos haga un dibujo tan preciso y descarnado de lo que para él supuso el duelo por su esposa Pat. Cada página contiene una joyita en forma de reflexión, frases, párrafos enteros que querría enmarcar. Porque el duelo aquí no es digno, ni se asume con fortaleza. El duelo vuelve egoísta, rompe amistades y cambia para siempre al que lo sufre. Los que rodean al que sufre, a menudo no saben muy bien cómo relacionarse con él en este caso Barnes explica lo que él ha vivido, con total sinceridad, ideas suicidas incluidas. Barnes explica lo mejor que puede su pena y su duelo, y cómo esto afectó a su relación con los demás, explica incluso cómo le gusta hablar todavía con su mujer, aunque sea plenamente consciente de que ella ya no existe (no hay esperanza de un reencueentro en ‘otro lugar’).

Aunque la idea del libro en su conjunto es que los relatos estén encadenados, ligados entre sí por -en ocasiones sutiles- ideas y conceptos que tienen en común, para mí es evidente que esta tercera parte hace palidecer a las otras dos en intensidad. Cada página es una bofetada con la mano abierta a todos aquellos que alguna vez han pasado un duelo. Para él fue su mujer, tras un muy breve periodo de enfermedad. Para otras personas las circunstancias o el grado de parentesco con quien han perdido es diferente. Pero hay sentimientos que son universales.

Barnes no intenta dar lástima, de hecho las críticas que en ocasiones realiza a los ‘otros’, que muchas veces son sus propios amigos o su familia, son descarnadas y puede que injustas. Él lo sabe, pero también sabe que estamos acostumbrados a no sentirnos cómodos con el dolor propio y el ajeno, que el duelo y el sufrimiento ajenos nos resultan incómodos. No importa cómo de cercanos nos sintiéramos a alguien, en los momentos de sufrimiento, esos momentos de locura total, alejan a -casi- todo el mundo.

Y aparte de todas sus vivencias particulares, la idea que quiere transmitir es que el nivel de dolor por la pérdida está directamente relacionado con el nivel de amor que se ha sentido. A más amor, más dolor. También hace mucho énfasis en las frases hechas y vacías que los demás suelen utilizar con alguien que ha sufrido una pérdida. Expresiones como que alguien “nos ha dejado”, o preguntas acerca de cuándo vas a “superarlo”, enervan especialmente a Julian Barnes.

Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible.
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Muy pronto en la vida, el mundo separa crudamente a los que han conocido el sexo y a los que no lo han conocido. Más adelante, a los que han conocido el amor y a los que no lo han conocido. Más adelante aún -al menos, si tenemos suerte (o por otra parte, si no la tenemos)-, separa a los que han sufrido aflicción y a los que no la han sufrido. Estas divisiones son absolutas; son trópicos que cruzamos.
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Enseguida comprendí que la aflicción clasifica y reordena a quienes rodean al afligido; que pone a prueba a los amigos; que algunos la superan y otros fallan. Las viejas amistades pueden estrecharse gracias a una tristeza compartida; o bien parecer de pronto superficiales.
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Tampoco sabes cómo te ven los demás. Lo que sientes y lo que aparentas puede ser o no lo mismo. Entonces, ¿cómo te sientes? Como si te hubieras caído desde una altura de sesenta metros, consciente en todo momento, y hubieras aterrizado con los pies por delante en un arriate de rosas, con un impacto tan fuerte que te ha clavado en la tierra hasta las rodillas, y una conmoción que te ha reventado los órganos internos y los ha proyectado fuera de tu cuerpo. Así se siente uno, ¿y por qué debería parecer otra cosa? No es de extrañar que algunos quieran desviar la atención hacia un tema más seguro. Y quizá no estén esquivando a la muerte y a tu mujer; te están rehuyendo a ti.
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Pero yo había subestimado totalmente Orfeo, la ópera que más impecablemente trataba de la aflicción y en aquel cine las artimañas del arte obraron de nuevo el milagro. Por supuesto que Orfeo se volvía a mirar a Eurídice suplicante; ¿cómo no iba a hacerlo? Porque, aunque nadie “en su sano juicio” haría semejante cosa, él está totalmente enloquecido de amor, pena y esperanza. ¿Pierdes el mundo por una mirada? Pues claro que sí. Para eso es el mundo: para perderlo en las circunstancias apropiadas. ¿Cómo podría alguien cumplir su juramento con la voz de Eurídice a su espalda?
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Necesitamos a los amigos no solo como amigos, sino como personas que nos corroboren. El testigo principal de lo que ha sido tu vida guarda silencio ahora, y la duda retrospectiva es inevitable. De modo que necesitas que te digan, por muy de refilón que sea, incluso sin pretenderlo, que vieron cómo eras -cómo erais los dos- en otro tiempo. Que no solo os conocieron desde dentro, sino que os vieron desde fuera: presenciados, corroborados y rememorados con una precisión de la que tú ahora eres incapaz.

Autor: Julian Barnes
Año publicación: 2013
Número de páginas: 143
ISBN: 9788433979049
Leído en… español (Ed. Anagrama)

Dedicatoria:
A Pat

One comment

  1. Este es el tipo de libro que si veo en un estante no paro mis ojos un segundo sobre él. El título y la portada no me llamarían para nada. Pero luego, al igual que después de leerte, sé que si lo leyera me gustaría y enriquecería. Me lo voy a apuntar. Besos guapa.

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