Canción dulce [Chanson Douce], de Leila Slimani (Reseña)

El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias.

Con estas primeras líneas se inicia la historia que se nos narra. Es la historia de una familia compuesta por el matrimonio (Myriam y Paul) y sus dos hijos (Mila y Adam). En esa familia, un día, entra otra persona, una niñera: Louise. Louise es casi demasiado perfecta como para creérselo, y de hecho así es. 

Myriam y Paul son un matrimonio cualquiera de clase media. Él trabaja, es ambicioso y pasa muchísimo tiempo fuera de casa. La educación de los niños queda en manos de Myriam, que nunca ha llegado a entrar en el mercado laboral, pues terminó de estudiar en el primer embarazo y desde entonces no ha tenido tiempo, ni ganas, de volver a trabajar. Al fin y al cabo, nada más fácil y natural que ella se encargue de los niños por completo, ¿verdad? Aquí tenemos la primera crítica implícita: el rol desigual entre hombres y mujeres en la crianza de los niños. A menudo durante el libro vamos a volver a ver esta diferencia entre los dos. El hombre que mantiene su rol de sustentador, contento de jugar un rato con sus hijos pero no realmente implicado en su cuidado diario.

Cuando Myriam se quedó embarazada del primero, Paul estaba loco de alegría, pero advertía a sus amigos de que él no quería que su vida cambiara. Ella lo aprobaba, y miraba a su marido, tan deportista, tan guapo tan independiente, con más admiración todavía. Él le había prometido que haría lo imposible por que sus vidas siguieran inundadas de luz, deparándoles sorpresas. “Haremos viajes y nos llevaremos al bebé con nosotros. Tú serás una gran abogada, yo produciré artistas de éxito y nada cambiará”. Fingieron, lucharon. 

Así que volvemos al tema. Paul se dedica al negocio de producción musical, un trabajo que le ocupa muchas horas fuera del hogar. No le dedica tiempo a sus dos hijos, nunca lo ha hecho ni ha entrado en sus planes. Myriam tiene la carrera de Derecho, pero nunca ha ejercido y tiene ganas de hacerlo; además, la rutina doméstica la está asfixiando. Así que, ¿qué pueden hacer con sus hijos? Myriam se encarga de explorar las opciones, enseguida descarta la guardería pues no le inspira confianza. Inician la búsqueda de una niñera que tenga buenas referencias. Entrevistan a varias pero enseguida encuentran a Louise, la niñera perfecta. Una mujer de mediana edad, aspecto aniñado y carácter dulce y muy servicial, en la que los niños enseguida confían y los padres también.

Louise de inmediato se convierte en una presencia imprescindible en el hogar familiar. Hace más de lo que debe por su rol de niñera; sin que se lo paguen, limpia toda la casa, cocina y descarga de todo el trabajo del hogar al matrimonio. No le preocupa dedicar más tiempo a la familia, no exige más dinero del acordado a cambio. Se ha convertido en un pilar vital para el funcionamiento de la casa, en una especie de divinidad infalible con dedicación infinita a las necesidades de los demás. Todo es perfecto para Paul y Myriam, también para los niños, pero, ¿qué pasa con Louis?

En la novela se nos cuenta también la historia de la niñera. Se crió en un entorno difícil, la alimentaban de sobras y nunca nadie  intentó realmente satisfacer sus necesidades. Cuando se hizo mayor, enseguida pasó a dedicarse a servir a otros. Estuvo casada, en un matrimonio sin muchas satisfacciones y muchos disgustos, con un hombre infeliz que la hizo infeliz a ella. Muy joven, quedó viuda, con una hija que nunca la ha querido y que huyó de casa, y de su madre. Louise nunca ha intentado buscar a su hija, asume que no la quiere ver, que no puede recuperarla. Louise parece insensibilizada con su propia vida, vive en una precaria vivienda de alquiler, que le supone un largo trayecto hasta la casa de Paul y Myriam, nada es fácil, tiene problemas graves, deudas heredadas de su marido muerto. Sin embargo, día tras día es capaz de mostrar una sonrisa, de hacer su trabajo incluso mejor de lo que debería.

Louise sabe que van a pararse, despedirse, fingiendo que tienen sueño. Desearía retenerlos, asirse a ellos, arañar con sus uñas el suelo de piedra. Desearía ponerlos debajo de una campaña de vidrio, como dos bailarines petrificados y sonrientes, pegados a la base de una caja de música. Podría contemplarlos durante horas sin cansarse jamás. Se contentaría con verlos vivir, actuar en la sombra para que todo sea perfecto, y que el mecanismo nunca se encasquille. Ahora tiene el íntimo convencimiento de que su felicidad les pertenece. Que ella es de ellos y ellos, de ella.

Y también llegamos a entender que todo el mimo que emplea en su trabajo, toda la meticulosidad y el perfeccionismo para tener perfecta la casa en que sirve, no se la lleva a su propia vida. Louise, fuera de su trabajo, es un caos. Desatiende las notificaciones de apremio de sus deudas, su piso está hecho un desastre (ni siquiera puede utilizar la ducha pues lleva estropeada tiempo) y debe el alquiler de varios meses a su casero. Parece que Louise en incapaz de encontrar el equilibrio, y todos los cuidados que brinda a los  demás, se los quita a ella misma. Está muy sola, sola de verdad, y es incapaz incluso de tener amigas, de pensar en tener una relación seria con un hombre, no se imagina teniendo vida propia y sin embargo sí le resulta fácil y natural absorber las vidas de los demás, ser partícipe de la felicidad de Paul y Myriam, felicidad que ella les proporciona con su trabajo. Louise vive a través de las emociones de los demás, y eso le proporciona una felicidad pueril y fantasiosa; sin embargo, algo dentro de ella se rebela contra su optimismo y bondad natural. Algo ha comenzado a gestarse en su interior, algo realmente malo y que nadie puede detectar a tiempo. Paul y Myriam ven alguna señal o hecho inquietante, tienen algún encontronazo con Louise y se preocupan fugazmente. Pero, a la hora de la verdad, no pueden prescindir de ella, la presencia de la niñera en su casa les proporciona una libertad que pensaban que habían perdido para siempre.

La vida se ha convertido en una sucesión de tareas, de compromisos, de citas ineludibles. Myriam y Paul están desbordados. Les gusta decirlo, como si ese agotamiento fuera la señal premonitoria de su éxito. Su vida se desborda, apenas queda lugar para el sueño, ninguno para la contemplación. Corren de un sitio a otro, se cambian de zapatos en el taxi, toman copas con gente importante para su trabajo. Los dos juntos se han convertido en los jefes de una empresa que funciona, con objetivos claros, ingresos y gastos.

A nadie se le puede escapar tampoco la crítica al ritmo actual de la vida, donde los miembros de la familia apenas se ven, donde se delega la crianza de los hijos a desconocidos, y donde las prioridades están muy lejos de ser el cuidado de los propios hijos. Si algo no me ha gustado ha sido el juicio y condena implícitos a según qué actitudes de los  padres, y sobre todo – y esto es lo que más me ha moletado – de la madre, como si el padre por definición ya fuese ese ser ausente y desvinculado de todo, como si fuera la madre la que tuviese que proteger a sus crías más ferozmente que nadie.

El asesinato de los niños ocurre fuera de cámara, no se describe y nos lo podemos imaginar, pero sí somos testigos del deterioro de la cordura de Louise, de cómo poco a poco va derivando en un peligroso  estado mental en que no siente nada, en que parece muerta por dentro. Louise, durante muchos años, ha sido la niñera perfecta, dejando familias contentísimas con su trabajo tras de sí. Lo que ocurre con Mila y Adam es que ha llegado a su límite, no puede más, y le toca a esta familia sufrir las consecuencias de su vacío, su alienación y su frustración acumulada durante años.

La novela está muy bien escrita, aborda de forma directa los problemas de sus protagonistas, y ya digo, excepto algún matiz en el enfoque del matrimonio, he quedado muy satisfecha por el retrato de una Louise destrozada, la asesina a la que queremos pero no podemos odiar porque está dañada, enferma, y nadie ha sabido ni ha querido ayudarla nunca en toda su vida.

“Alguien tiene que morir. Alguien tiene que morir para que seamos felices.”
Unas cantinelas mórbidas la acunan mientras camina. Unas frases que no se ha inventado, y que tampoco está segura de entender, martillean su mente. Se le ha endurecido el corazón. Los años lo han cubierto de una corteza espesa y fría, y apenas lo oye latir. Nada consigue emocionarla. Debe reconocer que ya no sabe amar. Ha agotado toda la ternura que contenía su  corazón, sus manos ya no tienen nada que rozar.
“Se me castigará por no saber amar.”

Autora: Leila Slamani
Año publicación:
País autora: Francia-Marruecos
Número páginas: 277
ISBN: 978-84-94443480

Dedicatoria:
Para Émile

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