Frantz, de François Ozon (2016)

Esta es una co-producción franco-alemana que es mejor ver en versión original. ¿Por qué? Pues porque los personajes utilizan los dos idiomas – francés y alemán – dependiendo del momento y país en que transcurra la acción. Idiomas aparte, no sabía muy bien a qué me iba a enfrentar cuando comencé a verla, aparte de que dura casi dos horas, de que el nombre del director me sonaba bastante, y de que la historia es un drama. Así que para mí era una apuesta arriesgada, que resultó tener buen resultado.

Estamos en Alemania, año 1919. Un año después de 1918, fin de la Primera Guerra Mundial, donde Francia y Alemania estuvieron en bandos opuestos. Todo comienza cuando Anna (Paula Beer) va a llevar flores a la tumba de su prometido, Frantz (Anton von Lucke). Se prometieron antes de que él partiese a la guerra, pero él nunca volvió, murió en el frente. Ella se da cuenta de que alguien más ha dejado flores en la tumba de su prometido, un desconocido francés llamado Adrien (Pierre Niney). A partir de ahí comienza la historia, y es que Adrien cuenta que él era amigo de Frantz cuando este estuvo en Francia, que juntos fueron a bailes y visitaron el Louvre, habla de sus lecciones de violín juntos. Los padres de Frantz, Hans (Ernst Stötzner) y Magda (Marie Gruber), acogen con cariño al amigo de su hijo, e incluso Anna parece aceptar su visita con bastante buen ánimo, aunque la gente del pueblo lo rechaza y es incapaz de ver con buenos ojos a un francés, que hasta solo unos meses antes era un enemigo de su pueblo por definición. Sin embargo, la historia no se limitará a eso, y desde el inicio habrá algo en Adrien que nos hará pensar que oculta una verdad más profunda, que al principio solo podemos sospechar.  A medida que avance la película tendremos unos cuantos giros, algunas sorpresas, a mí realmente alguno me cogió desprevenida.

La película tiene un ritmo que puede calificarse de lento, y por eso no la recomendaría a cualquiera. Sin embargo, no la consideraría una película lenta en el sentido estricto de la palabra, ya que ocurren cosas todo el tiempo, no se pierde en planos largos sin contenido y consigue entretener y mantener el interés. De hecho, diría que el ritmo va de menos a más, y a medida que se acerca el final uno siente que todo se acelera, que nos vamos acercando cada vez más a “algo”. A pesar de eso, no sé si la recomendaría a pesar de que a mí sí me ha gustado. El hecho de que esté en blanco y negro me ha parecido bastante adecuado, acorde a la época en que está ambientada la historia; sin embargo, en algunas escenas ese blanco y negro cambia a color debido al carácter de las escenas que se retratan, quizá algo más alegres o optimistas que el resto de la película. En cuanto a las actuaciones, bastante buenas para mí, solo me sonaba el actor Pierre Niney y ni la protagonista, ni otros secundarios me parecían caras conocidas. Sin embargo tengo que decir que ella hace un buen trabajo, y él también.

La película es una historia agridulce, con el telón de fondo del clima postbélico en Francia y Alemania, con las ruinas de la guerra todavía presentes, y muertos demasiado recientes en muchas familias. Transmite un mensaje antibélico, con bastante elegancia y también con una inmensa tristeza. Solo algunos momentos salvan la película de ser excesivamente deprimente, pero en conjunto es una historia bonita que me ha atrapado de principio a fin.

Director: François Ozon
Guión: François Ozon
Año: 2016
Duración: 113 minutos
País: Francia
Ficha IMDB
Reparto: Pierre Niney, Paula Beer, Cyrielle Clair, Johann von Bülow, Marie Gruber, Ernst Stötzner, Anton von Lucke

 

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